Hay personas cuya obra trasciende por la calidad de sus ideas. Otras, por la huella que dejan en quienes tuvieron la fortuna de conocerlas. Carmen Yon pertenecía a ambas categorías.
Antropóloga médica rigurosa, investigadora solvente y referente intelectual para varias generaciones, Carmen poseía además una cualidad cada vez más escasa: una profunda sencillez. No había en ella aspavientos ni afán de protagonismo. Tenía una sensibilidad extraordinaria para observar aquello que otros no alcanzábamos a ver. Era capaz de identificar matices, dolores y preguntas que pasaban inadvertidos para la mayoría. Y lo hacía sin imponer su mirada, sin hacer sentir a nadie insuficiente. Por el contrario, tenía el raro talento de sacar lo mejor de las personas.
Poco antes de la pandemia recibió un diagnóstico de cáncer. Como tantas personas que enfrentan una enfermedad grave, tuvo que atravesar el desconcierto, el miedo y la incertidumbre. Pero Carmen, para mi “la chinita”, hizo algo que muy pocas personas son capaces de hacer: convirtió esa experiencia en conocimiento y testimonio. Fiel a su vocación de investigadora y docente, decidió escribir sobre ella.
Su artículo La voluntad de hablar: antropóloga médica y paciente en tiempos de COVID-19 en Perú constituye mucho más que un relato personal. Es una autoetnografía valiente y profundamente humana, escrita desde lo que ella denomina la posición de una "observadora vulnerable". Carmen describe cómo la pandemia afectó la continuidad de los tratamientos oncológicos, las desigualdades del sistema de salud peruano y los temores cotidianos que acompañan a quienes viven con cáncer. Pero también nos habla de algo menos visible: el estigma, el silencio y lo que ella llama la "muerte social", esa experiencia de ser reducido a una enfermedad y perder parte de la vida biográfica que nos constituye como personas.
Al leer el artículo es imposible no reconocer a la propia Carmen. Estoy convencida de que realizó una etnografía de sí misma con el mismo propósito que orientó gran parte de su trabajo académico: comprender y dar voz a quienes atraviesan situaciones de sufrimiento e injusticia. En sus páginas recoge las angustias, las dudas y el dolor que acompañan a muchos pacientes oncológicos, pero también la esperanza, la resistencia y la voluntad de seguir viviendo. Como ella misma escribió, la experiencia personal puede convertirse en una ventana para comprender problemas sociales mayores.
Su testimonio también interpela al sistema de salud peruano. Carmen recuerda que el diagnóstico temprano sigue siendo fundamental, pero muestra con claridad que no basta por sí solo. Las posibilidades de sobrevivir al cáncer continúan determinadas por profundas desigualdades sociales, económicas y territoriales. A lo largo de su relato aparecen las demoras en la atención, la fragmentación de los servicios, las dificultades para acceder a tratamientos oportunos y las brechas que afectan especialmente a quienes cuentan con menos recursos.
Sin embargo, el texto no es únicamente una denuncia. Es también una reflexión sobre el cuidado. En sus páginas aparece la importancia de quienes acompañan, sostienen y ayudan a atravesar la enfermedad. Por eso mi homenaje alcanza también a Arturo, su compañero de vida, quien estuvo a su lado durante todo ese proceso. Quienes hemos acompañado a personas enfermas sabemos que el cuidado es una forma profunda de amor. Estoy segura de que Arturo fue para Carmen ese refugio indispensable que ella necesitó en los momentos más difíciles.
Aún me cuesta aceptar su partida. Como toda muerte temprana, su ausencia se siente injusta. Y, sin embargo, al terminar de leer este artículo, uno tiene la impresión de que Carmen logró transformar una experiencia profundamente personal en un legado colectivo. Nos dejó una reflexión imprescindible para profesionales de la salud, investigadores, investigadoras, estudiantes y para cualquier persona interesada en comprender qué significa vivir con una enfermedad grave en una sociedad marcada por profundas desigualdades.
También me queda una tristeza personal: no haber podido despedirme de ella. Carmen era de esas personas que nunca querían incomodar a nadie. Conservo, sin embargo, el recuerdo de una fotografía compartida, de un abrazo y de esa sonrisa luminosa que ambas teníamos ese día. Es una imagen que resume el enorme cariño, respeto y admiración que siempre sentí por ella.
Muchas gracias, querida Carmen. Gracias por tu generosidad, por tu lucidez y por tu inmensa humanidad. Gracias por enseñarnos que la investigación puede ser también una forma de cuidado y que hablar, incluso cuando duele, puede convertirse en un acto de solidaridad con otros y para mi, muchas gracias por tu amistad y cariño. Te fuiste demasiado pronto, pero tu propósito permanece entre nosotros. Y quienes tuvimos el privilegio de conocerte sabemos que seguirá acompañándonos por mucho tiempo.
Hasta siempre mi querida Carmen.
Susana Chávez
Obstetra, magíster en Salud Pública y fundadora de Promsex, organización donde actualmente se desempeña como directora de Incidencia. Es secretaria ejecutiva de CLACAI y activista internacional con más de tres décadas de trayectoria en la defensa de los derechos sexuales y reproductivos, la igualdad de género y las políticas públicas de salud en América Latina.