En enero fue una estudiante de la Universidad César Vallejo, en su sede de Lima Norte. En marzo, un alumno de la Pontificia Universidad Católica del Perú. En abril, un profesor de la Universidad de Ingeniería y Tecnología, en Barranco. Y hace tan solo unos días, una joven en el Hospital Rebagliati. Cuatro suicidios en cuatro meses, en espacios donde pasamos buena parte de la vida: estudiando, trabajando, esperando ser atendidos.
Cada pérdida estremece. Pero también deja en evidencia que seguimos sin saber cómo hablar del suicidio. Seguimos reaccionando desde el miedo, la incomprensión o el morbo.
En tres de los casos, las imágenes circularon en redes sociales como si el dolor ajeno fuera algo que se pudiera consumir. La Asociación Psiquiátrica Peruana nos recordó lo esencial: la dignidad de quien parte merece respeto, y también el duelo de quienes quedan.
No bastan las muestras de conmoción. Hace falta cambiar la forma en que miramos y tratamos el suicidio.
El Sistema Nacional de Defunciones (Sinadef) reporta 269 suicidios en Perú entre enero y lo que va de abril, más que los 207 del mismo periodo en 2024. Lima, Arequipa, Cusco y Piura concentran la mayor cantidad de casos. Pero esto no es un problema de regiones: es un problema de todos.
El psicólogo clínico Álvaro Valdivia lo explica de manera sencilla y profunda: quien piensa en suicidarse no quiere morir, quiere dejar de sufrir. No es falta de carácter ni una decisión impulsiva. Es dolor acumulado, intentos fallidos por sentirse mejor, una carga que, poco a poco, se vuelve insoportable.
La ansiedad, la depresión, la soledad, el miedo al futuro y la desesperanza pueden ser factores que aumentan el sufrimiento. Muchos jóvenes estudian lejos de casa, combinan trabajos precarios con jornadas agotadoras, viven presionados y sin redes de apoyo sólidas. A veces, ni siquiera encuentran un espacio donde puedan hablar de lo que sienten sin ser juzgados.
Pero pensar que alguien se quita la vida por una sola causa —"porque perdió su trabajo" o "porque terminó una relación"— es un error. El suicidio es un fenómeno multicausal: entrelaza vulnerabilidades personales, experiencias de vida, entornos difíciles y heridas invisibles que se acumulan. Simplificarlo solo alimenta el estigma y la desinformación.
Aprendí de Álvaro Valdivia que muchas personas que atraviesan un proceso suicida dudan hasta el último momento. No están plenamente convencidas de querer morir. Hay miedo, dolor, ganas de dejar de sufrir, pero también una pequeña ventana de duda. Esa ventana es donde aún podemos acompañar, contener, ayudar.
Pero para llegar a tiempo, primero tenemos que perderle el miedo a hablar del suicidio. Y hacerlo de forma honesta, respetuosa, sin tabúes.
No basta con activar protocolos ni repartir folletos después de cada tragedia. Necesitamos cambios reales: universidades con programas sólidos de salud mental, medios que informen sin morbo, comunidades que escuchen sin juzgar, familias que entiendan que pedir ayuda no es una debilidad, sino un acto de valentía.
Y necesitamos, sobre todo, dejar de actuar como si esto no nos tocara.
Cada vida perdida no es solo una cifra. Es una ausencia que debería movilizarnos a construir una sociedad más empática, más consciente y menos temerosa de mirar el dolor de frente.
Hablar del suicidio salva vidas. Escuchar salva vidas. Dejar de mirar para otro lado salva vidas.