Fotos por Musuk Nolte y texto por Rosa Chávez Yacila.
Desde hace unos años, Juana Mamani y sus vecinas dicen que las temporadas de lluvias en la comunidad de Miraflores, en el distrito de Capachica, en la región altiplánica de Puno, son como un sulluy. Un día con el cielo encapotado, con nubes grandes y cargadas, es como una mujer con nueve meses de embarazo que ha iniciado la labor de parto. Pero cuando esa oscuridad se despeja y se vuelve solo un tenue y fugaz goteo que no alimenta la tierra, es como si la madre hubiera tenido problemas fatales al parir.
“El cielo se nubla, pero cae agua solo en una partecita, no en todos lados. Nosotros en quechua le decimos sulluy. Como una mujer que está gestando y antes de dar a luz da un mal parto. Así nosotros las mamás lo denominamos a esto que está pasando”, dice la mujer de 52 años, mientras camina por la pampa seca y desteñida de Miraflores. Allí, donde hasta hace unos cuantos meses solían correr las aguas del lago más alto del mundo.
Juana Mamani, actual secretaria de la red de Mujeres Unidas en Defensa del Agua: Lago Titicaca, y sus vecinas no han encontrado mejor forma de explicar la disminución progresiva de las lluvias: compararla con algo que sí conocen. Se siente como aguardar la llegada de una vida que sin remedio sucumbirá.
Casi toda la región puneña se encuentra en la misma espera inútill y amarga. Según el Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología del Perú (Senamhi), en 2023, once de las trece provincias altiplánicas presentaron precipitaciones por debajo de los niveles normales. Solo Sandia y Carabaya, en el límite con la Amazonía, están a salvo.
Por la falta de lluvias, agricultores y ganaderos como Juana Mamani ya no pueden sembrar ni cosechar papas, ocas, habas, quinua, cañihua, cebada. Tampoco consiguen forraje suficiente para alimentar a sus vacas y ovejas, que ahora lucen flacas y extenuadas. En una región donde el 50% de la población económicamente activa se dedica a la agricultura, un cielo permanentemente despejado es una amenaza para la sobrevivencia.
Sobre todo porque Puno es una de las regiones peruanas donde más se practica la agricultura de secano. Es decir, aquella en la cual las tierras se trabajan solo con el agua de las lluvias, sin el apoyo del riego tecnificado. Todas las provincias puneñas lo hacen así y, por ello, sus cultivos son más frágiles: están sometidos a los cambios, a veces inesperados e incontrolables, del clima.
El Senamhi califica lo que está pasando en el Altiplano peruano ―entre los 3800 y 5500 metros de altura, una zona seca, fría y de alta radiación solar― como una sequía meteorológica. Esto es, un periodo prolongado en el que las lluvias se encuentran por debajo de sus niveles normales.
Explicar los motivos de estas épocas no es tan sencillo, advierten los meteorólogos. Están los fenómenos de El Niño, La Niña o El Niño costero. Pero también hay otros eventos que también influyen como los vientos, la temperatura superficial del mar, las oscilaciones. Además, por supuesto, interviene la crisis climática.
“Esto pasa por el cambio climático que antes no había. Y ya nunca va a ser como antes”, alerta con preocupación Juana Mamani, que está de pie al lado de un bote que se ha quedado varado en la pampa árida.
Al abrir la aplicación Google Maps en los celulares, el punto azul marca nuestra ubicación exacta como si estuviéramos varios metros aguas adentro del Titicaca. Pero, en realidad, vamos a pie, sobre un pasto seco que cruje y raspa al caminar. Aún falta más o menos un kilómetro para llegar a las nuevas orillas del Titicaca.
En el recorrido aparecen un par de vecinos miraflorinos, como errantes solitarios, que están buscando totora ―la planta nativa y emblemática del lago―para darle de comer a sus ganados. Cada vez hay que adentrarse más lejos para encontrar matas buenas, las que están más a mano ya no sirven.
En cierto punto el piso se vuelve una suerte de trampa: parece árido y firme, pero en realidad es un lodazal suave que puede tragarse a los animales y las personas.
Los lugareños lo saben y calculan sus pasos con cuidado. Hace un mes, Juana Mamani sufrió un accidente en el lodo. “Por acá he querido entrar, allacito me he atrapado. Ya no he podido moverme. Como sea he cortado totora, he tapado así y sobre eso he salido”, recuerda. “Solita estaba, acasito entrando, pensando en que iba poder entrar y salir de acá”.
La situación de miles de puneños hace pensar en un caminante extraviado y con hambre que ha caído en medio de un fango peligroso. Y no sabe si podrá escapar.
El poder de la sequía
Juana Mamani está en la pampa junto a sus vecinos Juanita Laquise y Sixto Supo, teniente de Miraflores. Han venido hasta aquí porque quieren convencernos de todo lo que se ha transformado el distrito de Capachica, que queda a orillas del lago Titicaca. Pero la caminata es, ante todo, un ejercicio de imaginación y un llamado a la nostalgia: hay que imaginar cosas donde ya no las hay y remontarse a épocas de bonanza.
La primera parada es la playa de Ccollpa, en el centro poblado de Llachón, los anfitriones dicen que hasta hace unos años era un destino turístico, un rincón para el relajo. Ahora, en cambio, la playa luce descuidada, con restos de basura y plantas muertas. Y tras el retroceso del lago, su muelle ha desaparecido.
“Más antes así como estito era todo. Bonito, limpio”, dice Sixto Supo, señalando una porción de arena clara. “Siempre me recuerdo que nos bañábamos, salíamos un ratito, nos echábamos en la arena y caliente de vuelta nos bañábamos. Así era”.
Horas más tarde, en Llapura, el centro poblado vecino, Juana Mamani y Juanita Laquise también enumeran, con una lista de infortunios, lo que sus pueblos han perdido.
“En tiempos antiguos en estas pampas podíamos sembrar papas”, dice Juana Mamani. “Cuando era niña yo bajaba aquí, habían aves en el lago y ponían huevos, como el de la gallina igual se comía”, recuerda Juanita Laquise. “Ahora ya no hay pescado, entrábamos con malla y sacábamos hasta dos baldecitos llenos de pescaditos”, sigue Juana. “Estamos tristes, preocupados ¿qué va a pasar?”, se pregunta Juanita.
Al ya no poder cultivar sus tubérculos y granos, muchos miraflorinos han tenido que rematar sus animales más grandes por unos cuantos soles. A las vacas, por ejemplo, que necesitan comer más forraje y no hay cómo conseguirlo. Las ovejas, que son más pequeñas, sí pueden resistir con raciones pequeñas.
Es una racha pésima para quienes viven de cultivar los campos. La Dirección Regional Agraria de Puno ha señalado que la escasez de lluvias en Puno ha ocasionado una campaña agrícola 2022-2023 catastrófica, con una caída de alrededor del 53% en la producción de los cultivos. La tierra de Puno es infértil.
Desde hace tiempo, el impacto de la falta de agua para la agricultura está siendo estudiado a nivel mundial. Según un informe reciente de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la sequía es uno de los fenómenos meteorológicos que provoca mayores pérdidas en la agricultura.
De hecho, en 2023, más del 65 % de las pérdidas causadas por sequías se registraron en el sector agrícola. Sobre todo en países de ingresos bajos y medianos como Perú.
Desde hace un par de años, los puneños ya no pueden aseverar que la temporada de lluvias empezará en setiembre y culminará en abril. En la actualidad, estos son meses de cielos limpios y helados y chacras infértiles.
“Por ejemplo en los noventa se secó igual, pero ahora es peor, ahora está más al fondo el lago. Yo recuerdo que este totoral no había, por aquí había pastito”, dice Juana Mamani entre las totoras malas, cuidando no ceder ante el fango espeso de la pampa miraflorina.
Aun con todo, nada es novedad. Puno tiene un historial importante y antiquísimo de sequías. En el siglo X, una fuerte sequía en el Altiplano ocasionó la caída del imperio Tiahuanaco-Huari. Y en las últimas cuatro décadas, la sequía más severa en el Perú ocurrió, precisamente, en la época que recuerda Juana, 1992. En ese entonces, 16 departamentos sufrieron pérdidas agropecuarias y escasez de semillas. La región más afectada fue, precisamente, la puneña.
Y según las proyecciones de los científicos, en el 2024 el cielo seguirá brillante. El Senamhi prevé que, entre diciembre de 2023 y febrero de 2024, hay una probabilidad del 43% de que en la sierra sur oriental de Perú ―la zona donde están las regiones de Puno, Ayacucho, Apurímac, Cusco y Arequipa― habrá lluvias por debajo del nivel normal.
Ante el escenario de El Niño, Puno también tiene malos pronósticos. La región cuenta con el mayor número de distritos del Perú ―84 en total― que se encuentran en riesgo muy alto de déficit hídrico debido a este fenómeno.
El teniente de Miraflores, Sixto Supo, dice que tanto su comunidad como las otras comunidades aledañas se están despoblando por la falta de agua. Apenas pueden, los jóvenes migran hacia las ciudades. “Se van a Puno, Juliaca. Allá trabajan, aquí no hay tanto trabajo. También no hay agua, solo escasez”, dice. Aunque la vida del campo sigue siendo apreciada, en épocas de sequía ya no es posible. “Queremos criar ganados, ovejas, vacas, pero no hay agua”.
Para Juana Mamani, madre de un hijo que vive en la capital, sin jóvenes en las comunidades, los riesgos ante la crisis aumentan. “En una de esas, su ovejita de una señora se había plantado en el lodo. Por jalarla ella se ha enfermado”, cuenta. “No podemos hace mucho acá, la gente que nos está acompañando son mi contemporáneo. Abuelos mayormente”. El ímpetu por seguir adelante no basta, porque en las comunidades rurales hacen falta las fuerzas de la juventud.
La caída del mito
Es domingo en el tradicional puerto de Puno. Por el muelle pasean familias que se toman selfies; parejas tomadas de las manos; grupos de adolescentes que ríen a carcajadas; dueños de perros con perros que visten casacas divertidas; turistas con grandes mochilas a las espaldas. A simple vista, es como si no ocurriera nada fuera de lo común, como si nadie supiera lo mal que le está yendo al Titicaca.
Pero así como Juana Mamani y sus vecinos en Miraflores, muchos otros están alarmados.
Juan Ramos Durano, por ejemplo. El actual presidente de la Asociación de Lancheros del Puerto Muelle de Puno trabaja allí desde hace más de tres décadas y no puede evitar notarlo. Las cuadras que el lago ha retrocedido, desde la avenida Costanera. El muelle inútil para que las lanchas se adentren en el agua. Las embarcaciones están amontonadas en las orillas. Los turistas que poco a poco van desapareciendo.
“Es muy triste. Cada dos meses con quince días le toca su turno a cada lanchero. Somos 200 embarcaciones, no nos abastece”, explica el señor Ramos Durano. “Después de que les toca su turno los lancheros se van, dejan a sus familias y se van a otras ciudades. A Arequipa o Chincha, a trabajar en la cosecha de habas, cebolla, espárragos”.
El Titicaca es un sistema endorreico o cerrado, o sea, no desemboca en el mar. Sus principales fuentes de agua son las precipitaciones y los 56 ríos ―repartidos en 13 cuencas― que llegan hasta él. Por eso, si hay menos lluvias, tanto el lago como sus afluentes reciben menos agua y todo ese complejo engranaje deja de funcionar.
En 2023, este lago vivió como nunca el impacto de la sequía: volvió a batir récords de descenso de nivel después de décadas. Según el Senamhi, en abril y setiembre, superó sus marcas infames de 1948 y 1996. Por otro lado, entre abril y noviembre registró una bajada de 0,74 centímetros. Además, llegó a estar más de un metro por debajo de sus niveles normales.
Un metro de agua no parece una medida extrema, pero si se multiplica por una superficie de agua de alrededor de 8400 km2 ―unas tres veces el tamaño de Lima Metropolitana― es una cantidad descomunal.
Pero no solo se trata de la falta de precipitaciones. El aumento de las temperaturas a causa de la crisis climática influye en la evaporación de sus aguas. El Senamhi prevé que, hasta febrero de 2024, hay 52% de probabilidades de que las temperaturas máximas de la zona donde está Puno se presenten por encima de lo normal.
De hecho, durante el 2023, distintas provincias puneñas como Azángaro o San Antonio de Putina superaron sus marcas históricas del nivel de sus temperaturas.
La bajada de estas aguas ―desde las cuales, según la leyenda, emergieron Manco Cápac y Mama Ocllo para fundar el imperio inca del Tahuantinsuyo― afecta a la flora y la fauna de la zona. Y también al turismo, que es a lo que se dedican cientos de familias que viven alrededor.
Muy bien lo saben los vecinos de las islas flotantes de los Uros. Ellos emplean la totora para construir sus casas, fabricar artesanías y alimentar a sus animales. Pero debido a la caída del nivel del Titicaca, hasta setiembre de 2023 se habían secado el 84% de los totorales.
“La totora está seca, todo está seco en esta parte. A pesar de que está en el agua no puede crecer del todo, porque recién cuando cae la lluvia empieza a reverdecer”, dice Sabino Suaña, presidente de la comunidad de Uros, parado en uno de los puestos de control de ingreso a las islas. Desde allí se controla el ingreso de los visitantes.
Los peces, las aves y los anfibios están desapareciendo o, por lo menos, se han ido sin aviso de retorno. El Senamhi ha informado que muchas de las 60 especies de aves de la reserva habían migrado a otros lugares para desarrollarse. La rana gigante, anfibio característico del Titicaca, está desde hace años en la lista roja del peligro crítico.
“Antes se podía observar a las ranitas grandes en esta parte de la ribera del lago. Hoy en día se va escapando, a lo más profundo”, dice Walter Mamani, vecino de los Uros, padre de dos hijos y presidente de la isla Huaynamarca en la que viven cinco familias.
El menor nivel del Titicaca también afecta el abastecimiento de agua para la capital de la región. La Empresa Municipal de Saneamiento Municipal Básico de Puno (EMSA Puno), que se encarga de la potabilización y suministro de agua para la ciudad, no puede trabajar con la misma cantidad y calidad. Las zonas urbanas puneñas se pueden quedar sin agua.
Esto pasaría porque a menor nivel del lago, es más difícil para la compañía la captación del recurso. Además, aumenta la concentración de contaminantes orgánicos, inorgánicos y las aguas necesitan un mayor tratamiento.
En el puesto de control del Titicaca, Eduardo Porcela y Henry Porcela, abuelo y nieto, llevan la cuenta de las lanchas de turistas que entran al lago. Cada vez son menos, se quejan. El más grande de los Porcela lleva 75 años habitando los Uros. Recuerda que cuando era niño apenas eran unas diez familias viviendo sobre el agua. Ahora, son más de 130 familias. Una comunidad grande es una desventaja en los momentos precarios del agua.
“El negocio para turistas no hay, traen 11, 15 a veces 20 lanchas. No alcanza para el diario para todas las familias. Rotamos, cada dos, tres semanas así nos toca. A veces cobro, a veces no. Pero siempre dejan una ayudita”, dice el señor Porcela, padre de seis hijos.
A pesar de que se enorgullece de que todos sus chicos tienen sus casas en los Uros, Eduardo Porcela luego admite que un par de ellos ya no viven en las islas. Se han tenido que ir a Chincha a trabajar. Lo bueno, añade, es que siempre regresan. Don Eduardo presume que él se aseguró de enseñarle muy bien a su descendencia la cultura aymara, su idioma. Y está seguro de que, por más agua que falte, eso es algo que no olvidarán.
El agua de los camiones
Para recolectar agua, Julio Ito Mamani, presidente de la comunidad de Jochi San Francisco, en el distrito de Coata, viaja hasta la municipalidad a recoger agua en baldes, montado en su pequeño mototaxi. El río Coata, que queda a unos metros de su casa, no tiene agua apta para el consumo humano. Y los camiones cisterna que abastecen la zona no llegan hasta su lejano hogar.
El señor Ito Mamani dice que el río solo les sirve para dar de beber a sus vacas y ovejas. Pero hay algunos días en los que el municipio no tiene agua. Entonces, acepta el agricultor, las personas también deben beber de donde está prohibido.
“A veces tomamos agua del río ¿Qué vamos a hacer?”, dice. “A veces no vienen los hijos ¿quién nos va a traer agua pues? Caballero nomás, tenemos que asumir”.
Las comunidades de Coata no solo sufren la falta de lluvias, que ha dejado sus campos infértiles y a sus animales, realmente maltrechos. La cuenca del Coata, que es una de las 13 que desemboca en el Titicaca, está contaminada. El río del mismo nombre tiene plomo, arsénico, zinc, talio, fósforo, escherichia coli y coliformes termotolerantes. Los dos últimos son elementos que se encuentran en el tracto intestinal y las heces de animales y humanos.
La gente del Coata, además, está enferma por los metales pesados y metaloides. De acuerdo a los tamizajes realizados en 2021 por el Ministerio de Salud, el 83.5% de la población del distrito que fue testeada presentaba arsénico en la orina por encima del rango permitido. En los distritos vecinos de Huata y Capachica ―donde viven Juana Mamani y sus amigos― entre 75.3% y 80.2% tenían el mismo problema.
La hoja con el informe de esos resultados los carga entre sus manos Jesús Inquilla. El secretario del Frente de Defensa de la Cuenca Coata y Bahía Interior del lago Titicaca y otros miembros del frente están al borde del río, en Lluco. Esta es otra de las comunidades que también forman parte del distrito de Coata.
Jesús Inquilla muestra su tamizaje y el de su hijo de 15 años: ambos están contaminados con arsénico. “Es muy grave esta situación. Hemos consultado nosotros muy aparte con los especialistas y lo único que nos queda es la muerte”, dice el señor Inquilla. “No hay un tratamiento de acuerdo a lo que nos han dicho los médicos.
Hacia finales de 2023, la Autoridad Nacional del Agua había implementado más de 350 pozos subterráneos en la región, como una forma de afrontar la escasez de precipitaciones y el fenómeno El Niño.
Pero Lluco solo tiene pozos secos, un pedazo de río enfermo y un abastecimiento deficiente de agua a cargo de los camiones cisterna.
“Una sola vez viene el camión cisterna, porque aquí no vivimos muchos”, dice Mariluz Belisario, joven madre del sector de Almozanche, en la comunidad de Lluco. La chica está llenando unos baldes pequeños desde unos tanques más grandes, que están apostados en la puerta de su casa. “Tengo que utilizarlo como medicina”.
Con el agua de las cisternas Mariluz Belisario cocina y lava la ropa de su hijo menor, de tan solo 11 meses. Dice que si utiliza la que viene del río, la piel de su pequeño se llena de un molesto sarpullido. Ella y sus otros dos niños de 5 y 8 años sí pueden resistir.
Vivir entre la sequía y la contaminación obliga a la gente a elegir entre unos u otros estragos, qué consecuencias sí se sienten capaces de asumir.
La mujer entra los recipientes al patio de su casa, donde hay unos cordeles en los que cuelgan las ropas de cama de sus niños y tiras largas de charqui o carne seca de animal. Cuenta que es de una de sus ovejas que un día amaneció muerta. “Tal vez es porque tomó el agua”, duda en voz alta. Luego continúa cargando los baldes con agua, sonriente e inclusive animada.
El trabajo de las lideresas
Juana dice que no va a volver a ser como antes.
Luego, dice que sí espera que vuelva a ser como antes, así demore 5 años. Juanita también.
El cambio climático es la escasez, la migración, la negligencia y la incertidumbre.
Por eso, no quieren dejar de agradecer a la tierra durante el carnaval.
Terminar con el baile.
Este proyecto se realizó con el apoyo del programa de becas de National Geographic Society.