Opinión

Tengo cáncer y me dicen que debo ser optimista. Yo prefiero quejarme

Cuando tienes cáncer, oyes mucho sobre la importancia de una actitud positiva y, hasta cierto punto, es cierto. Pero ver el lado bueno puede comenzar a sentirse como un guión que tienes que interpretar en lugar de la comunicación verdadera de lo que sientes.

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La autora de este ensayo aboga por el derecho a la sinceridad y está en contra de la condescendencia.
Karlotta Freier/The New York Times

Una de las cosas más difíciles con las que he tenido que lidiar desde que me diagnosticaron cáncer es a quién decirle y cómo. No es que yo sea muy reservada, sino que no quiero que mi enfermedad se convierta en el epicentro de ninguna relación. Incluso bromeo con mi oncólogo y le hablo sobre mis hijos y sobre lo que escribo con la misma intensidad con la que le pregunto qué tomar para combatir las náuseas.

No quiero ser la pobre mamá con cáncer. Quiero ser lo que soy: una escritora que dice groserías delante de sus hijos, que organiza comidas increíbles y de la que se puede esperar una conversación maravillosa y una botella de vino deliciosa en una cena.

Y, ¿qué pasa cuando hablo sobre el cáncer y el brutal tratamiento de quimioterapia al que estoy sometida? La respuesta que espero es que me digas lo mucho que te molestan últimamente los correos electrónicos de tu jefe o cómo el más mínimo atisbo de mocos hace que tu hijo no vaya a la escuela o que te probaste diez pantalones de la misma talla y la mitad te quedaron muy grandes y la otra mitad, muy apretados. Quiero comprensión y cercanía, y compartir quejas conmigo es la clave.

Algunos expertos creen que las quejas compartidas son buenas para estrechar las relaciones. Se trata de una forma de conexión muy empática y subestimada, que me ayuda a normalizar lo que me sucede y también a procesarlo de tal manera que la persona que escucha mis quejas pueda verme a mí y no solo mi diagnóstico. Me encanta escuchar a mi hermana hablar sobre los padres en extremo competitivos con los que tiene que lidiar como entrenadora de fútbol de una escuela primaria. Una amiga a la que siempre le ha apasionado su trabajo, de repente se siente fastidiada por todo lo que tiene que hacer; me encanta que hable largo y tendido al respecto.

En mi caso, el ritual de procesar con otro ser humano a través de la palabra aquello que me deprime y recibir a cambio una historia para compadecerme, más que sentir lástima, por esa persona, me hace sentir que sigo en la tierra de los vivos, un reto constante en este momento.

Mi cáncer, de las glándulas suprarrenales, es muy poco frecuente y sigiloso. Aunque en mis estudios prequirúrgicos no hay pruebas de metástasis ni tampoco señales de que el tumor del tamaño de un melón que mi cirujano extirpó invadió otros órganos, podría haber células solitarias enclavadas en rincones lejanos de mi cuerpo, multiplicándose en silencio. Incluso con quimioterapia, la cual me dejó sin cabello, sin apetito y sin energía, no hay garantía de que no regrese en uno o dos años. Mientras tanto, habito un lugar intermedio donde, extrañamente, además de las náuseas y el cansancio por la quimio, me siento bastante bien en términos físicos. No siento que estoy enferma. Pero no diré de manera oficial que estoy sana, sino, espero, hasta dentro de unos cuatro años y medio de tronarme los dedos.

Como he vivido en el limbo durante tanto tiempo, definir una nueva normalidad ha sido la clave para controlar la ansiedad. Parte de ello radica en compartir lo que me molesta en la cotidianeidad. Tal vez un día me enfurezca por la insistencia de mi marido en ponerle apio al caldo de verduras. Otro, quizá me queje de lo frustrante que es tener un cáncer tan poco común que ni siquiera hay información suficiente sobre sus tasas de recurrencia. Hacer que estas quejas estén al mismo nivel le quita al cáncer un poco del poder que tiene sobre mi vida. Lo mismo sucede cuando escucho las quejas de los demás.

Solemos menospreciar las quejas con el argumento de que son lloriqueos o lamentos, una manifestación de un sentimiento innecesario y poco digno que sería mejor no articular. Pero Kathyrn Norlock, profesora de Filosofía de la Universidad Trent que ha escrito sobre la ética de las quejas, argumenta que intercambiar quejas puede considerarse parte de la categoría de “deber afectivo” que describe como “expresar que somos seres emocionales juntos”. Es una especie de fortalecimiento emocional que en mi opinión equivale a “hacerte presente”.

“Hay ocasiones en que tu deber es mostrarle tus sentimientos a la gente”, me dijo. “Nos dice, sabes qué, siento algo de pena o dolor o tristeza o compasión. El sentimiento es compartido cuando estoy contigo”.

Una de las cosas que me aterran sobre el cáncer es la idea de que los amigos dejen de compartir su sentir conmigo y hagan de mi desgracia el tema de todas nuestras conversaciones. Para seguir adelante, necesito saber, y compartir, qué te hace feliz, sí, pero también qué te molesta. “Hay que empoderar a la otra persona en cualquier relación para que sea tan auténtica como sea posible”, comentó Norlock. Resulta que quejarse, y escuchar las quejas de otros, es una parte clave de sentirme quien soy.

Todos batallamos. Y hasta aquellos de nosotros que estamos pasando por momentos particularmente difíciles en nuestra vida tenemos la capacidad de ser empáticos con los demás y, al menos en mi caso, ser empática me hace sentir bien. Durante la pandemia, y ahora con los horrores de la guerra de Ucrania, es fácil sentir que salvo que nuestras circunstancias sean las peores, no merecemos ninguna compasión.

No hay nada más equivocado. En primer lugar, sentirse así hace que sea menos probable que pidamos la ayuda que necesitamos y, en segundo, crea una dinámica de poder en la que la persona que pasa por un momento difícil está en deuda con quien la escucha, en lugar de reconocer que todos pasamos por dificultades y puede que la persona que le trae a mi familia algo de comer hoy mientras recibo mi quimioterapia algún día, en unos meses, o años, necesite que alguien le lleve comida o le cuide a los niños o la lleve a algún lado mientras vive su duelo por la pérdida de un padre o batalla con una enfermedad crónica.

No estamos compitiendo en las olimpiadas del sufrimiento. Vivimos en un mundo injusto. Muchas veces siento que no tengo motivos para quejarme cuando voy a recibir mi quimioterapia a un centro especializado en cáncer en mi auto pagado, con mi tonto teléfono celular carísimo repleto de notificaciones de buenos deseos de amigos y vecinos que quieren hacerme saber que después me llevarán enchiladas. Estar enferma consume mucho de mis recursos y sé muy bien que puedo contar con mucha gente. Pero reconocer que otros la pasan peor que yo no cambia mi sufrimiento, que es real.

Paso mis días equilibrando lo práctico con lo existencial; mientras intento organizar un verano de campamentos y actividades para mis hijos, hay una narrativa subyacente en la profundidad de mi mente que se pregunta cómo me recordarán si muero y qué puedo hacer para prepararlos si eso sucede. La levedad y la pesadez están unidas inexorablemente y eso nunca cambiará. Alrededor del 40 por ciento de los estadounidenses será diagnosticado con cáncer en algún momento de su vida y todos vamos a morir de algo. Resulta que, en mi caso, esa realidad es más palpable.

Cuando tienes cáncer, oyes mucho sobre la importancia de una actitud positiva y, hasta cierto punto, es cierto. Pero ver el lado bueno puede comenzar a sentirse como un guion que tengo que interpretar en lugar de la comunicación verdadera de lo que siento. Cuando me estoy quejando de lo molesto que es tener que aspirar mi propio cabello a cada rato, como si una especie de gato gigante viviera en mi casa, y me encuentro con un oído atento y un sentimiento afín en la forma de una gripe, se siente honesto. Me siento como yo misma, no como la triste mamá con cáncer que solo puede pensar en su mortalidad.

La verdad es que soy esas dos cosas. Me esfuerzo por ser optimista y continúo con mi vida; hago planes para ir de vacaciones, leo cuentos antes de dormir y trabajo. También siento miedo con frecuencia. Y me ayuda saber que uno de mis peores miedos —convertirme en alguien que solo es digno de conmiseración en lugar de una amistad totalmente recíproca de triunfos y decepciones compartidas— no se ha vuelto realidad.

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