De cualquier forma, y aunque nunca confió enteramente en la sanidad pública, su plan original de dar a luz en el hospital se mantuvo casi hasta el final, principalmente, por consideraciones económicas. Fueron las falencias y maltratos del sistema de salud público las que la llevaron, por miedo a perder a su bebé, a terminar asumiendo los altos costos de dar a luz en una clínica privada.
La salud privada chilena es manejada parcialmente por las Instituciones de Salud Previsional (Isapres), empresas que funcionan con base en un esquema de seguros. Para pertenecer a una, los trabajadores deben cotizar un 7% a salud y además pagar una prima, que se determina en función de la edad, el sexo y el riesgo del cotizante. Según un estudio hecho por la firma Qué Plan en 2018, las mujeres en edad fértil pagaban, en promedio, 179% más de prima que un hombre, por el «factor riesgo» de un posible embarazo.
«Factor riesgo». Es decir, para las Isapres, el embarazo representa un potencial sobrecosto, similar a una enfermedad, y no un hecho natural.
En consecuencia con esta lógica, hasta el 1 de diciembre de 2019 existía la posibilidad de contratar una Isapre con cobertura reducida en temas de obstetricia, parto o neonatología, para abaratar costos. Era conocido comúnmente como «plan sin útero». El 16 de septiembre, el ministro Salud, Jaime Mañalich, y la ministra de la Mujer y la Equidad de Género, Isabel Plá, anunciaron el fin de ese tipo de planes, pero sin dar muchos detalles de cómo funcionará el sistema en adelante, ni cuáles serán los costos a futuro. Dijeron que tienen, aproximadamente, un año para regularizar todos los procesos.
Qué Plan hizo un estudio para analizar los cambios después de la modificación del tipo de plan. Los resultados fueron lo contrario a lo que se buscaba: los precios aumentaron 3,4% para afiliadas. Para hombres, en cambio, bajaron en 2,3%. La Superintendencia dijo que aún es pronto para medir efectos de la regulación.