Opinión

Vivir en Lima cuando el calor empieza a enfermar

No son solo récords de temperatura. Es demasiado asfalto, falta de árboles, viviendas que concentran calor y un país que todavía no trata las olas de calor como la emergencia de salud pública que ya son.

Opinion: Vivir en Lima cuando el calor empieza a enfermar

Esta semana Lima llegó hasta los 32 °C en zonas del este y norte, según el Senamhi. Durante mucho tiempo, nuestra capital se pensó como una ciudad templada, protegida por el mar. Yo también crecí con esa idea.

Pero hoy el problema no es solo el calor. Es la ciudad que construimos: mucho asfalto, pocos árboles y casas donde el aire caliente se queda atrapado, justo cuando los episodios extremos son cada vez más comunes.

Lo que estamos viviendo ya no son picos aislados de temperatura. Son olas de calor: varios días seguidos con registros inusualmente altos para la época. En un planeta que se calienta, se han convertido en uno de los riesgos de salud pública que más rápido crece. 

El calor extremo puede llevar al cuerpo a un punto en el que ya no logra enfriarse. Cuando eso ocurre, hablamos de golpe de calor. La temperatura interna sube y la situación se vuelve grave. Según la Organización Panamericana de la Salud, puede empezar con agotamiento o desmayos y escalar a cuadros que ponen en riesgo la vida, cuando empiezan a fallar órganos vitales como el cerebro, el corazón o los riñones. Los más expuestos son niños pequeños, personas mayores, gestantes y quienes trabajan al aire libre.

Olas de calor en Lima_Salud con lupa

El verano de 2024 nos lo mostró. Entre enero y febrero, Lima atravesó la ola de calor más larga registrada, con más de un mes de temperaturas diurnas por encima de lo normal y noches que no enfriaban. El Ministerio de Salud emitió una alerta epidemiológica y se confirmaron al menos tres muertes atribuidas a golpes de calor en la capital y en Ica.

No fueron hechos aislados. Un estudio del Senamhi junto con la Universidad Peruana Cayetano Heredia encontró que durante las olas de calor aumentan las muertes en general, no solo las que se registran directamente como golpe de calor. El calor agrava enfermedades y descompensa cuerpos frágiles. Por eso, el riesgo no se concentra en un solo día. Puede seguir aumentando varios días después.

Y, aun así, seguimos llegando tarde.

Hoy en el país no existe un sistema de alerta temprana para olas de calor que funcione de verdad. Sabemos que vienen días extremos porque hay pronósticos y avisos. Pero esa información no activa, de manera automática, medidas para cuidar a las personas más expuestas. No pone en alerta a centros de salud ni moviliza a municipios. Tampoco llega como una advertencia clara a barrios, mercados, escuelas o lugares de trabajo.

La alerta epidemiológica de 2024 fue un primer paso. También mostró cuán poco preparados estamos.

A eso se suma algo que se siente en la calle. Lima tiene muy poco verde. Hoy tenemos, en promedio, un árbol por cada 31 personas y apenas tres metros cuadrados de áreas verdes por habitante, en una capital desértica donde más de 630 mil personas no tienen agua potable en casa.

Sabemos —y está medido— que los árboles pueden reducir la temperatura del suelo hasta en 12 °C. Que su sombra cambia por completo la experiencia de caminar por una calle. Y que los materiales de construcción, los techos claros y la ventilación pueden hacer una casa mucho más fresca. Aun así, se recortan parques, se enrejan espacios públicos, se reemplaza verde por pistas y se siembran árboles que casi no dan sombra.

Otras ciudades ya tomaron una decisión que acá seguimos postergando: empezar a tratar el calor extremo como un problema a gestionar. Medellín, Barcelona, Santiago o Buenos Aires han apostado por corredores verdes, espacios sombreados y sistemas de alerta temprana.

Y no es un problema lejano. En América Latina y el Caribe se estima que alrededor de 13 mil personas mueren cada año por causas atribuidas al calor, y que la mortalidad asociada a las olas de calor ha aumentado en más de 100 % en las últimas décadas, según The Lancet Countdown. Está pasando ahora.

Adaptarnos a un mundo más caliente es preguntarnos qué tipo de ciudad estamos construyendo para poder soportarlo.

Para las autoridades, eso se traduce en decisiones concretas: más árboles que den sombra donde camina la gente, menos superficies que concentran calor, normas de construcción que ayuden a que las casas no se conviertan en hornos, y un sistema de alerta temprana que permita actuar antes.

Para quienes vivimos aquí, hay formas cotidianas de cuidarnos y reducir riesgos: tomar agua incluso sin sed, evitar el sol del mediodía cuando se pueda, no dejar a nadie dentro de vehículos cerrados, reconocer señales de alarma y estar atentos a personas mayores, niños pequeños y vecinos que viven solos.

Esta semana el termómetro sube.

Y ya es momento de hablar en serio de cómo el calor está cambiando la vida en Lima y de qué vamos a hacer frente a eso.

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