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Ilustración: Amelia Bates / Grist
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El dengue ya no es el mismo: se expande con el clima, causa brotes más intensos y obliga a cambiar cómo se enfrenta

El aumento de temperaturas y las lluvias están cambiando las condiciones en las que circula el dengue. En Perú y Brasil, la respuesta apuesta por anticipar los brotes y reducir la transmisión con sistemas de alerta temprana y mosquitos que bloquean el virus.

Este artículo ha sido elaborado por Grist y publicado en conjunto con
Salud con lupa. Forma parte de la serie Vital Signs de Grist, que analiza cómo el cambio climático afecta a la salud. Esta iniciativa periodística ha sido posible gracias al apoyo del Wellcome Trust.

La primera paciente llegó hace poco más de dos años. Se suponía que enero iba a ser un mes tranquilo en Santa Rosa, un hospital situado en el barrio de clase media de Pueblo Libre, en Lima. Esta extensa metrópolis de 10 millones de habitantes puede sentirse más vacía en verano, cuando algunas familias salen de la ciudad y muchas personas buscan el mar para escapar del calor.

La paciente, una mujer de unos veinte años, había recorrido 270 millas (430 kms) con su madre desde su hogar en la Selva Central del Perú. Tenía fiebre alta y un dolor de estómago insoportable; temía que estuviera relacionado con un aborto reciente. Los médicos de Santa Rosa le hicieron radiografías y detectaron sangre circulando libremente por su cavidad abdominal. Actuando con rapidez en un intento desesperado por detener la hemorragia, decidieron extirparle el útero.

Pero la hemorragia continuaba. Los médicos solicitaron todas las pruebas que se les ocurrieron. Solo una dio positivo y se trataba de algo con lo que la mayoría de los médicos nunca se habían encontrado. Resultó que la paciente no sufría complicaciones relacionadas con el embarazo o un aborto, sino que se encontraba en la fase más grave del dengue, una enfermedad que hasta hace pocos años era poco frecuente en Lima por su clima templado. En cualquier otro año, el caso habría sido una excepción. Después de todo, la paciente no era de la zona y venía de la Amazonía, donde las enfermedades transmitidas por mosquitos como el dengue son un riesgo constante.

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La bienvenida a los pacientes a la sala de urgencias del hospital Santa Rosa, en el distrito de Pueblo Libre (Lima). El hospital tuvo que hacer frente a un brote sin precedentes de dengue en 2024.
Foto: Zoya Teirstein / Grist

Pero esta vez fue el inicio de una epidemia.

El dengue fue en su momento una amenaza en todo el continente americano, pero las campañas de fumigación con pesticidas parecieron erradicar la enfermedad a mediados del siglo XX. Perú declaró erradicado el mosquito Aedes aegypti —el principal vector del dengue— en 1958. Sin embargo, con un brote en 1990, la situación comenzó a cambiar, tanto en Perú como en el resto del mundo. El número de casos de dengue notificados a nivel mundial lleva décadas aumentando, pasando de los 500 mil casos notificados a la Organización Mundial de la Salud en el 2000 a más de 5 millones en 2019.

Aunque el número de casos se ha multiplicado por diez en las últimas décadas, no todo se explica por una mejor detección. Los expertos señalan otros factores. La urbanización ha creado más espacios con agua estancada donde se reproduce el mosquito Aedes aegypti y más personas a las que puede picar. Además, el transporte aéreo facilita que el virus llegue a nuevas zonas. Por eso, el dengue es hoy la enfermedad transmitida por mosquitos más extendida y de crecimiento más rápido en el mundo.

Pero en los últimos años ha ocurrido algo más. En 2023, el número de casos a nivel mundial se acercó a los 7 millones, lo que supuso un aumento del 40 % en un solo año. Y ese nuevo récord se superó por mucho en 2024, cuando se registraron 14 millones de casos de dengue y 9,000 muertes en todo el mundo, la mayoría de ellas en América.

«Es diferente a años anteriores, cuando el dengue estaba presente pero no se veía mucho», afirmó Luciano Andrade Moreira, ingeniero agrónomo y entomólogo del sur de Brasil. Diecisiete ciudades brasileñas declararon estado de emergencia. Los hospitales se desbordaron. Había tanta gente enferma que la crisis empezó a adquirir un carácter de amplio desorden social, similar al que se vivió durante la reciente pandemia de COVID-19. Algunos supermercados no tenían suficientes empleados para atender las cajas. «Ves cómo la enfermedad se acerca a ti», dijo Moreira, cuyo hermano y cuñada se contagiaron.

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Los trabajadores de salud pública pulverizan insecticida durante una campaña de fumigación en el barrio de Santa María, en Brasilia (Brasil), en enero 2024. Ese año, Brasil registró más de 6.5 millones de casos probables de dengue y más de 4 000 muertes.
Foto: Mateus Bonomi / Anadolu via Getty Images via Grist

En el hospital Santa Rosa de Lima, la cirujana Yolanda Sánchez recuerda que los primeros pacientes con dengue «llegaron como una oleada». En cuanto se le dio el alta a la joven que, sin saberlo, se convirtió en la primera paciente identificada en ese brote, su cama se ocupó inmediatamente con otro paciente de dengue, y luego con otro más. Algunos pasillos estaban tan llenos de pacientes que al personal le costaba abrirse camino. Los enfermos llenaban todas las habitaciones disponibles, se desbordaban hacia la calle y se acumulaban cerca de la puerta de hierro forjado de la entrada.

En la cima del brote, en febrero y marzo, el hospital de Santa Rosa atendía entre 40 y 60 pacientes con dengue al día, una avalancha sin precedentes para un centro que solo había atendido a 13 pacientes de este tipo en todo el año 2022. Los enfermos eran como un muestreo de la población peruana: jóvenes, ancianos, personas con enfermedades crónicas y otras con perfecta salud.

Cuando una mujer menor de 60 años sin comorbilidades ingresó en el hospital y falleció en menos de 24 horas, un médico de carácter tranquilo llamado Solomon Durand supo que Santa Rosa tendría que adaptarse si quería sobrevivir a la epidemia. Durand, epidemiólogo, había llegado recientemente a Santa Rosa tras pasar 15 años en un hospital de Iquitos, una ciudad del norte de la Amazonía que llevaba tiempo siendo un foco de enfermedades transmitidas por mosquitos. Era el único médico de Santa Rosa que había trabajado antes en brotes de dengue, y sabía qué hacer.

Durand instaló una tienda de campaña en el aparcamiento trasero del hospital para evaluar rápidamente a los nuevos pacientes. Los que presentaban dengue grave fueron trasladados a una unidad de cuidados intensivos para ser monitoreados. Al resto se les distribuía por diferentes alas del hospital, se les trataba y se les daba el alta lo antes posible. Durand revisó los expedientes de los pacientes ingresados; lo que le llamó la atención fue la proximidad del brote. Cada vez más pacientes con dengue en Santa Rosa procedían de Pueblo Libre y de los otros seis distritos que rodean el hospital. Estos barrios no sufrían el hacinamiento ni las malas condiciones sanitarias que suelen propagar el dengue en zonas urbanas, incluidos los brotes limitados que Lima había sufrido en el pasado. «Eso nos llamó la atención», me dijo Durand. Sabía que algo más tenía que haber cambiado.

La siguiente pista se le ocurrió mientras que el brote se prolongaba a lo largo de un verano excepcionalmente caluroso y se extendía hacia el otoño. Un año antes, el fenómeno climático natural conocido como El Niño se había desarrollado en las regiones tropicales del Pacífico, alterando los patrones de precipitaciones y elevando las temperaturas medias en todo el mundo durante los siguientes 12 meses. Durand observó los efectos de El Niño en Lima. En las semanas previas y posteriores a la llegada de aquella primera paciente con dengue, unas lluvias inusualmente intensas habían inundado la ciudad, que suele encontrarse en un estado semipermanente de sequía, lo que acabó llevando al Gobierno peruano a declarar un estado de emergencia. Las lluvias finalmente dieron paso a un sol de verano implacable.

«Ese año hubo más sol en Lima», recordaba Durand. «El verano duró más tiempo». Fue el año más cálido que se ha registrado en el país en más de seis décadas.

Durand empezó a preguntarse si el factor desconocido que estaba provocando el brote era el cambio climático.

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Tras examinar los historiales de los pacientes con dengue ingresados en el hospital de Santa Rosa, Solomon Durand meditó si el cambio climático podría ser un factor motor del brote.
Foto: Zoya Teirstein / Grist

Las condiciones de mayor calor son un acelerador de la fiebre del dengue. El aumento de las temperaturas no solo favorece el desarrollo de los mosquitos Aedes aegypti y tigre asiático, vehículos de la enfermedad, sino que también acelera la replicación del virus del dengue dentro de esos insectos. En los últimos años, los investigadores han tratado de aislar el efecto del calentamiento global en la propagación de la enfermedad. En septiembre de 2025, científicos de la Universidad de Washington determinaron que, en los 21 países de Asia y América con mayor exposición al dengue, el 18 % de los casos registrados entre 1995 y 2014 no se habrían producido de no ser por el cambio climático provocado por el ser humano. Esta es la primera evidencia científica que vincula al calentamiento global con la creciente presencia mundial del dengue, lo que confirma la intuición que Durand tuvo más de un año antes, cuando observó la propagación del dengue en lo que antes había sido un entorno inhóspito para el virus.

El problema parece que va a empeorar. Según los autores, para mediados de siglo, el cambio climático podría provocar un aumento adicional del 50 % en el número de casos en los países estudiados. Y eso en el supuesto de que las nuevas emisiones de gases de efecto invernadero se mantendrán lo suficientemente bajas como para que el calentamiento no supere 2 grados Celsius (3,6 grados Fahrenheit).

Si existiera una vacuna eficaz y asequible contra el dengue, el aumento acelerado del número de casos no resultaría tan preocupante. Más de 30 años de investigación y trabajo para encontrar una vacuna que proteja simultáneamente contra los cuatro serotipos de dengue en circulación han dado resultados limitados, aunque Brasil ha aprobado recientemente una vacuna de dosis única que parece prometedora. Actualmente se están distribuyendo más de un millón de dosis de la vacuna en unas pocas ciudades piloto, por lo que quizás el mundo sabrá pronto si hay una vacuna viable en el horizonte

Mientras tanto, aproximadamente la mitad de la población mundial corre ahora el riesgo de contraer el dengue.

En Lima, la epidemia de 2024 afectó simultáneamente a 40 de los 43 distritos de la ciudad. Sin embargo, gracias a la rapidez de sus reflejos y a la experiencia previa de Durand, solo fallecieron cuatro de los casi 2000 pacientes diagnosticados en Santa Rosa. Incluso después de que la crisis se calmara finalmente en junio, el médico siguió analizando lo sucedido y posteriormente publicó un artículo sobre el brote en una revista de ciencias de la salud. Más de dos años después de la llegada de la primera paciente, Durand sigue meditando sobre lo mal preparado que estaba su hospital para una crisis que, según él, solo se volverá más habitual a medida que el cambio climático se agrave.

«Si hubiéramos tenido la mínima sospecha de que esto iba a pasar, nos hubiéramos preparado con antelación», dijo. «No hubo ningún aviso».

En toda Sudamérica, investigadores y los departamentos de salud pública trabajan sin descanso para hacer posible dicha alerta. La estrategia, que lleva años gestándose, tiene dos enfoques. Por un lado, se recurre al aprendizaje maquinal para predecir los brotes con meses de antelación. Por el otro, utiliza al mundo natural para prevenir la propagación del dengue en sí: la liberación de cientos de millones de mosquitos, que han sido cuidadosamente infectados con una bacteria que bloquea el dengue, para que se reproduzcan con sus congéneres silvestres en las ciudades, suprimiendo así la transmisión de la enfermedad.

A diferencia de las campañas reactivas de fumigación con pesticidas que caracterizaron el control de las enfermedades transmitidas por vectores a lo largo del siglo XX, estos programas buscan una cooperación más intencionada con los ecosistemas existentes. Sin embargo, también se enfrentan a importantes retos logísticos y políticos, lo que obliga a los servidores públicos a invertir en programas que no reportarán beneficios evidentes hasta dentro de varios años —suponiendo que alguien llegara a darse cuenta de su éxito—. Pero a medida que el dengue cambia de forma, las autoridades sanitarias de países como Perú y Brasil han comenzado no solo a reconocer el valor de invertir en este enfoque, sino a exigirlo.

«Los políticos quieren resolver el problema mañana mismo», afirmó Moreira, quien está liderando una iniciativa para la cría de mosquitos en Brasil. «Cuando uno sufre, la perspectiva cambia».

La carretera Iquitos-Nauta, que conecta las dos ciudades del norte de Perú que le dan su nombre, se asfaltó en 2004. Esta concurrida carretera y los caminos de tierra que de ella se ramifican son vías vitales para las comunidades extremadamente aisladas que viven en la Amazonía peruana. Muchas carecen de agua corriente o de refrigeración, y el nuevo acceso a la atención médica y a otros servicios urbanos está salvando vidas.

Pero en esta región tan biodiversa, las carreteras también han abierto nuevas vías para que las enfermedades infecciosas se propaguen. Los mosquitos Anopheles, transmisores de la malaria, y el Aedes aegypti, causante del dengue, proliferan en hábitats alterados como los de la recientemente accesible selva peruana. Cada grupo de árboles talados con un machete para dejar espacio a una nueva vivienda permite a los insectos encontrar más fácilmente agua estancada y alimentarse de los humanos. La minería ilegal y otras actividades clandestinas en la selva dejan a su paso basura, profundas heridas en el suelo y otros lugares donde los mosquitos pueden reproducirse. Si a esto le sumamos el cambio climático —las temperaturas extremas en el Amazonas aumentaron medio grado Celsius por década entre 1981 y 2023— la magnitud del desafío para la salud pública se vuelve aún más drástica.

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Iquitos, una ciudad amazónica a la que solo se puede llegar en avión o en barco, está rodeada de una exuberante selva tropical.
Foto: Zoya Teirstein / Grist

Pero estos mismos factores también están convirtiendo la carretera Iquitos-Nauta en un importante canal para la investigación, ya que permite a los expertos acceder a datos sanitarios y climáticos de lugares a los que antes era imposible acceder recurrentemente. Llanchama, un pueblo cercano de menos de 300 habitantes a orillas del río Nanay, es uno de los diez centros de investigación locales que visita periódicamente InnovaLab, un laboratorio de investigación de enfermedades con sede en la Universidad Cayetano Heredia de Lima. Gabriel Carrasco-Escobar, un bioestadístico que lleva trabajando en la Amazonía de alguna forma u otra desde joven, dirige el laboratorio con la ayuda de un equipo de investigadores de campo tanto de Lima como de Iquitos.

Hace tan solo dos años, Carrasco-Escobar y su equipo tenían que subirse a un barco en Iquitos y navegar durante tres horas para llegar a la comunidad, que cuenta con una escuela, un campo de fútbol y una sola calle cubierta de hierbas sobre la cual se alinean las casas. Hoy en día, el trayecto en coche desde Iquitos dura una hora, aunque después hay que caminar otros 30 minutos. La nueva accesibilidad ha permitido al laboratorio visitar la zona con mucha más frecuencia, así como instalar una estación meteorológica capaz de proporcionar actualizaciones en tiempo real, minuto a minuto, sobre la temperatura, la humedad y otros factores.

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Los miembros del equipo Harmonize se dirigen a pie hacia Llanchama, donde instalarán una nueva estación meteorológica y realizarán estudios con drones para monitorear las enfermedades.
Foto: Zoya Teirstein / Grist

Carrasco-Escobar advierte que la selva es un socio de investigación caprichoso. Las mismas condiciones que dificultan las expediciones de InnovaLab —inundaciones repentinas, olas de calor extremo e infraestructuras a medio construir que difuminan la frontera entre la carretera y el bosque— favorecen el bienestar de los mosquitos. Los insectos son diminutos, oportunistas y tienden a desafiar cualquier control. No hay una señal clara que anuncie sus movimientos; se ven influidos por el viento, la lluvia, el calor, la densidad de las raíces de los árboles y la disponibilidad de sangre, entre otros factores. Esto es especialmente cierto en el caso del Aedes aegypti, una especie emprendedora y muy ágil que pica durante el día y se siente tan a gusto en el interior como en el exterior.

«El mosquito está sumamente bien diseñado: es muy inteligente y muy adaptable», afirmó Carrasco-Escobar. «Solo necesita una mínima oportunidad».

Carrasco-Escobar y sus colegas quieren establecer un sistema de vigilancia tan inteligente como sus adversarios. Su objetivo es comprender el delicado entramado de factores ambientales que empujan a los insectos de un lugar a otro y provocan su proliferación. Esto significa, ante todo, entender en tiempo real cómo los propios seres humanos estamos cambiando el medio ambiente. Para esto, los investigadores están instalando no solo estaciones meteorológicas como la de Llanchama, sino también sensores acústicos fijados a los troncos de los árboles para identificar aves en vuelo y personas que caminan por la selva, sensores de calidad del aire para detectar elementos como el humo de la quema de matorrales que indican deforestación, y estudios con drones que utilizan radiación infrarroja para detectar movimiento y nuevas infraestructuras en el suelo del bosque.

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En resumen, estas herramientas representan todo el abanico de capacidades con las que cuenta la humanidad para comprender a algunos de los animales más letales del mundo: tanto el Aedes aegypti como las personas que hacen posible su propagación. La información recopilada por estas herramientas se combina con datos de salud pública de comunidades remotas y, a continuación, se introduce en sistemas de aprendizaje maquinal. Los patrones que identifica el programa constituyen la columna vertebral del sistema de alerta temprana de InnovaLab, que ahora es capaz de predecir con éxito un brote de dengue con tres meses de antelación.

El sistema de vigilancia podría cambiar para siempre la relación de la región con las enfermedades infecciosas y, si se implantara en el resto de Perú, serviría como una protección frente a futuros brotes en lugares como Lima. Un aviso con tres meses de antelación permite a los departamentos de salud destinar recursos a las zonas donde pronto serán más necesitados. Los hospitales pueden capacitar al personal para reconocer el dengue y habilitar salas de triaje antes de que sean necesarias. Los ayuntamientos pueden aconsejar a los residentes que permanezcan en casa siempre que sea posible y que utilicen repelente cuando salgan al exterior. Estas implementaciones, relativamente sencillas y de bajo coste, habrían evitado gran parte del sufrimiento que Durand presenció en Santa Rosa en 2024.

El trabajo de InnovaLab forma parte del proyecto «Harmonize» denominado así por la integración de datos sobre el clima, la salud y los ecosistemas, como el núcleo de su labor. (Harmonize es un proyecto financiado por el Wellcome Trust, que apoya nuestra serie Vital Signs; los financiadores no intervienen en las decisiones editoriales de Grist.) La siguiente fase de Harmonize consiste en convertir los datos recopilados en Perú, Colombia, Brasil y República Dominicana en casos de estudio que otros investigadores puedan utilizar para determinar en qué medida el cambio climático está influyendo en la salud humana en otras partes del mundo.

«La idea es poner estos recursos a disposición de personas de El Salvador o de Nigeria para que puedan realizar sus propios estudios de atribución de riesgos para la salud», afirmó Ana María Vicedo Cabrera, epidemióloga ambiental de la Universidad de Berna en Suiza, que dirige este trabajo. «Si facilitamos el acceso a las herramientas y los recursos, la evidencia aumentará».

Carrasco-Escobar no es el único experto que intenta descifrar el comportamiento de los mosquitos. En las afueras de Curitiba, una próspera ciudad del sur de Brasil, un edificio de aspecto robusto situado en el campus universitario del Instituto de Tecnología de Paraná alberga millones de Aedes aegypti. Los huevos de estos mosquitos, infectados con una bacteria llamada Wolbachia, se enviarán a ciudades de todo el país, donde eclosionarán y se liberarán para que se apareen con mosquitos silvestres.

Luciano Andrade Moreira conoció la Wolbachia en Australia cuando fue a visitar a un investigador llamado Scott O’Neill en Queensland en 2008. La hipótesis de O’Neill era que esta bacteria, presente de forma natural en las moscas de la fruta y en muchos otros insectos, acortaría la vida de los mosquitos. Eso les dejaría menos tiempo para propagar enfermedades. Moreira llegó a Australia a tiempo de ver cómo O’Neill hacía un descubrimiento sorprendente: la bacteria hacía algo aún más poderoso: impedía que el dengue se reprodujera dentro de los insectos del todo. Wolbachia crea un entorno hostil para que el virus del dengue pueda existir en el intestino del mosquito, preparando el sistema inmunitario del insecto para combatir la enfermedad, compitiendo con el virus por los recursos celulares y desplazando físicamente al dengue de las células.

Hoy, casi dos décadas después, la fábrica de mosquitos de Curitiba, llamada Wolbito do Brasil, está repleta de los lejanos descendientes de aquellos primeros mosquitos infectados con Wolbachia. En las instalaciones, hileras de altas máquinas albergan tubos con huevos de mosquito. A medida que eclosionan y se convierten en larvas, los insectos son alimentados con una mezcla de agua y proteína en polvo y se transforman en pupas. A continuación, los insectos se trasladan a una sala contigua, donde se lavan entre dos paneles de cristal: las pupas más pequeñas, los machos, se deslizan primero por la parte inferior de la máquina, seguidas de las hembras, más grandes. Todas las hembras reproductoras y uno de cada tres machos pasan a otra sala, esta vez cálida y húmeda, donde se colocan en recintos de malla y se alimentan con sangre de caballo templada y agua azucarada.

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Decenas de miles de huevos de mosquito en una tira de papel blanco.
Foto: Brenda Nascimento / Wolbito do Brasil

Durante una visita a la fábrica en noviembre, el jefe de producción de la planta, un biólogo llamado Antônio Brandão, puso la mano junto a la malla y observó cómo cientos de diminutas bocas con forma de jeringuilla se empujaban unas a otras para conseguir una mejor posición, como si hubieran recibido una señal. «Si te acercas y dejas la mano ahí», me dijo, «empezarán a acercarse».

Estas jaulas de malla constituyen la última etapa de un proceso de cría de mosquitos que, hasta este momento, se ha llevado a cabo casi en su totalidad mediante máquinas, supervisadas minuciosamente por los setenta y tantos empleados de la fábrica. Una vez que las hembras hayan puesto sus huevos en las tiras de papel blanco situadas en el fondo de las jaulas, los trabajadores las trasladarán a una cámara frigorífica, y los mosquitos se despedirán de esta vida.

Sin embargo, sus huevos —alrededor de un millón por jaula, lo que supone una producción de 100 millones de huevos a la semana— están destinados a una vida productiva fuera de las instalaciones de la fábrica. Desde que la instalación entró en funcionamiento el verano pasado, seis ciudades de Brasil han comenzado a repoblar sus barrios con mosquitos que combaten el dengue. Esto es además de las 10 ciudades que ya recibían huevos producidos a mano por Moreira, Brandão y otros empleados que, tras mucho esfuerzo tedioso, trabajaron para popularizar el método Wolbachia previo a la automatización de su proceso el año pasado.

Joinville, a dos horas en coche de Curitiba, es una de esas ciudades. Una mañana entre semana, a primera hora, miembros del departamento de salud local y empleados de Wolbito se reunieron en un centro de distribución para cargar un coche con botes llenos de mosquitos. Los mosquitos habían eclosionado de bolsas de gránulos. Cada gránulo contiene huevos y una mezcla nutritiva, y lo único que tienen que hacer las ciudades participantes es poner los gránulos en agua y esperar a que los insectos eclosionen.

Mientras que el coche salía del centro de distribución y avanzaba lentamente por Joinville a las 7 de la mañana, Lúcia Jordan, una agente de salud municipal, bajó la ventanilla y levantó un bote abierto, agitándolo con fuerza varias veces para expulsar a los mosquitos que faltaran. Repitió el gesto una y otra vez mientras el coche recorría lenta y metódicamente los barrios de la ciudad. Una mujer que esperaba el transporte observó pasar su auto con expresión desconcertada, aparentemente imperturbada ante la explosión de criaturas chupadoras de sangre liberadas en sus inmediaciones.

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Los trabajadores de salud pública de la ciudad liberan mosquitos Wolbachia temprano durante la semana en Joinville. Las campañas de sensibilización han informado a la población sobre estas liberaciones.
Foto: Zoya Teirstein / Grist

Al igual que las iniciativas de InnovaLab en el Amazonas, el trabajo de Wolbito depende en gran medida de la aceptación de la comunidad. Pero no es posible llegar a todos lados y, como es lógico, estas liberaciones generan sospechas. Existen otras iniciativas contra los mosquitos que buscan reducir la población total de mosquitos en un lugar determinado, pero ese no es el objetivo en este caso. Los residentes de Joinville no sufrirán menos picaduras de mosquitos como resultado de este programa. Sin embargo, tras dos años de liberaciones continuas de Wolbachia, obtendrán una protección generalizada y duradera contra el dengue, el zika, la fiebre amarilla y otras enfermedades transmitidas por los mosquitos Aedes aegypti.

Niterói, una ciudad de 500.000 habitantes situada cerca de Río de Janeiro, fue uno de los primeros lugares de Brasil en quedar totalmente protegida gracias al método Wolbachia. Las liberaciones tuvieron lugar entre 2017 y 2019. Tras el tratamiento, el número de casos de dengue se redujo casi un 90 % en toda la ciudad, en comparación con la media de los diez años anteriores a 2017. Durante el histórico brote de dengue de 2024, cuando muchas ciudades brasileñas registraron cifras récord de casos, Niterói registró menos de 2000, apenas una cuarta parte de su media previa al tratamiento.

«No es habitual encontrarse con una propuesta para liberar mosquitos cuando toda nuestra historia en materia de prevención de enfermedades se ha centrado en luchar contra ellos», declaró en aquel momento Ana Eppinghaus, coordinadora de vigilancia sanitaria de la Fundación Municipal de Salud de Niterói. «Aceptamos el reto».

En la próxima década, Moreira se propone proteger a la mitad de la población brasileña mediante el uso de Wolbachia. Hasta ahora, no hay motivos para pensar que no lo vaya a conseguir. El método que O’Neill puso en marcha en Australia se está utilizando en 15 países, y los datos de múltiples regiones demuestran que la incidencia del dengue desciende drásticamente tras la implantación de los mosquitos Wolbachia. El número de casos ha disminuido en todas las ciudades de Brasil donde se ha implantado Wolbachia. Moreira afirma que su mayor problema ahora es producir mosquitos con la rapidez suficiente para satisfacer la demanda de todos los que los quieren.

A pesar de ello, algunos políticos siguen mostrándose reticentes a comprometerse con el programa, sobre todo cuando él les dice que podría tardar un año o más en dar resultados. «Nuestro programa no es como un insecticida que, con solo rociarlo, mata a todos los mosquitos y resuelve el problema», afirmó. «Creen que hay que esperar demasiado».

En Estados Unidos, en los últimos años los mosquitos se han considerado principalmente una molestia, en lugar de la amenaza para la salud pública que han supuesto durante mucho tiempo en países tropicales como Brasil. No siempre fue así: Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (el CDC) se crearon en 1946 para combatir la malaria en las bases militares estadounidenses. Tuvieron un éxito rotundo en esa misión, ya que prácticamente erradicaron la enfermedad del país a principios de la década de 1950 con la ayuda de un devastador producto químico llamado diclorodifeniltricloroetano, o DDT. La agencia aprendió una valiosa lección a través de ese esfuerzo que aún hoy resuena: la erradicación de las enfermedades transmitidas por vectores es posible «en países con climas templados y transmisión estacional de la malaria».

Pero, ¿qué ocurre cuando el clima se vuelve menos templado? Las plantas y los animales tropicales, tanto autóctonos como invasores, se desplazan hacia el norte, a medida que aumentan las temperaturas medias y las heladas invernales se suavizan. Los estados subtropicales —Florida, Alabama, Misisipi, Luisiana, Texas, Nuevo México, Arizona y California— comienzan a tropicalizarse, un proceso que estará prácticamente terminado a finales de siglo, según un informe de 2021 publicado por el Servicio Geológico de los Estados Unidos, la agencia científica del Departamento del Interior.

«Los mosquitos tropicales que pueden transmitir encefalitis, el virus del Nilo Occidental y otras enfermedades», señala el informe, «probablemente ampliarán aún más su área de distribución, lo que pondrá a millones de personas y a especies de fauna silvestre en riesgo de contraer estas enfermedades».

De hecho, en octubre de 2023 se registró en California el primer caso de dengue contraído en el propio estado. El Departamento de Salud Pública de California detectó rápidamente otro caso relacionado con el primero, también en una persona que no había viajado recientemente. Los casos siguieron apareciendo durante los dos años siguientes.

En respuesta a ello, el Distrito de Control de Vectores del Gran Condado de Los Ángeles intensificó sus esfuerzos para erradicar los mosquitos. En colaboración con su homólogo del condado de Orange, la agencia comenzó a liberar mosquitos machos esterilizados mediante rayos X, llevando a cabo programas piloto en dos barrios del noreste de Los Ángeles. La iniciativa era, por definición, temporal: la técnica solo funciona mientras los condados participantes se comprometan a liberar mosquitos de forma regular. Esto se debe a que los machos estériles no producen descendencia, por lo que sus líneas genéticas no pueden perpetuarse de forma independiente. En otras palabras, cada nueva generación de mosquitos chupadores de sangre no es necesariamente menos letal que la anterior.

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En abril de 2024 se liberan mosquitos Aedes machos esterilizados en una zona de alta incidencia de Rancho Cucamonga, en el condado de San Bernardino (California).
Foto: Myung J. Chun / Los Angeles Times a través de Getty Images vía Grist

Otras iniciativas de control de mosquitos llevadas a cabo en Estados Unidos en los últimos años también se basan en la esterilización y en liberaciones continuas para surtir efecto. MosquitoMate, una empresa con sede en Kentucky, emplea el método Wolbachia, pero en lugar de criar insectos resistentes al dengue que puedan desplazar a la población autóctona, como hace Moreira en Brasil, MosquitoMate utiliza la bacteria para esterilizar de forma natural a los mosquitos machos. Esto significa que reduce las poblaciones generales cuando los insectos esterilizados no logran reproducirse, pero es similar a la técnica de los rayos X en el sentido de que los mosquitos esterilizados no pueden transmitir su peculiaridad benéfica a las generaciones futuras.

El resultado no es más que una variante de alta tecnología del mismo paradigma de control de mosquitos que ha sido el enfoque habitual en EE. UU. desde la fundación de los CDC. Parte de la razón de este estancamiento radica en la facilidad de aprobación de iniciativas de control de mosquitos, debido a los marcos normativos existentes en la Agencia de Protección Ambiental. Por el contrario, modificar los mosquitos para que cambien las características de las generaciones futuras implica un proceso de revisión mucho más complejo, similar al desarrollo de productos biotecnológicos. Las ramificaciones legales y ecológicas de un programa similar al de Wolbachia lo someterían inevitablemente a un proceso regulatorio que duraría años. Así que, por ahora, Estados Unidos se ve abocado a intentos fragmentarios y poco entusiastas de acabar con las poblaciones de mosquitos estadounidenses. El problema es que realmente no están funcionando: las poblaciones de Aedes se han disparado en ciertos puntos críticos de todo el país en los últimos años.

Una reciente ley federal de carácter bipartidista autorizaría 100 millones de dólares al año para la vigilancia y el control de los mosquitos, ampliando considerablemente la actual dotación de subvenciones de los CDC destinadas al seguimiento y la preparación ante las enfermedades transmitidas por vectores. El proyecto de ley, presentado en 2023, pretende unificar las diversas iniciativas de control de mosquitos, fragmentadas y con financiación insuficiente, que se llevan a cabo en todo el país en un marco más cohesionado. Sin embargo, la «Ley SMASH», abreviatura de Strengthening Mosquito Abatement for Safety and Health (una reautorización de un programa SMASH más débil creado en 2019), no ha sido implementada.

Puede que el Congreso no tenga prisa, pero el tiempo no juega a su favor. Si el clima del país, que durante mucho tiempo ha sido uno de sus mayores aliados en la lucha contra la malaria y otras enfermedades transmitidas por vectores, está cambiando, entonces Estados Unidos debe replantearse su relación con las enfermedades tropicales. El camino a seguir puede requerir el desarrollo de sistemas para detectar las señales que anuncian un brote de enfermedad, como está haciendo Carrasco-Escobar en Perú. O dar prioridad a la supresión de la enfermedad a largo plazo frente a la reducción del número de mosquitos a corto plazo —el objetivo de Moreira en Brasil—. O tal vez sea una combinación de ambas cosas: el arma de doble filo que busca trabajar con la naturaleza en lugar de contra ella.

Pero antes, Durand me dijo en el hospital de Lima que los países de clima templado deben darse cuenta de que el terreno bajo sus pies está cambiando. Cuando observa California, ve ecos del brote que se produjo en Lima en 2024.

«Así es como empezamos», dijo. «Con los casos locales».