A pocos días de la Navidad de 2025, los líderes de nueve compañías farmacéuticas se reunieron en la Sala Roosevelt de la Casa Blanca, donde alguna vez estuvo colgado el Premio Nobel de la Paz de 1906 de Theodore Roosevelt. Fotógrafos se agolpaban para captar imágenes mientras los ejecutivos —tres mujeres y seis hombres— permanecían de pie con cierta incomodidad, moviendo los pies y tamborileando con los dedos mientras esperaban al presidente Donald Trump. Todos los directivos habían cerrado acuerdos para reducir los precios de algunos de sus medicamentos más importantes.
Pasaron casi 15 minutos antes de que Trump entrara en la sala, acompañado por el secretario de Salud y Servicios Humanos, Robert F. Kennedy Jr., y varios altos funcionarios. El presidente miró a los ejecutivos.
“Vaya, qué grupo de personas”, dijo Trump. “Ganan mucho dinero”.
En conjunto, su compensación anual superaba los 100 millones de dólares. Pero solo uno —el abogado corporativo de gafas y barba de chivo— estaba al frente de un gigante farmacéutico valorado en 65.000 millones de dólares, con un medicamento que salva vidas pero resulta inaccesible para gran parte del mundo: Robert M. Davis, director ejecutivo y presidente de Merck & Co., el fabricante del medicamento contra el cáncer que genera miles de millones en ventas, pembrolizumab. Nombre comercial: Keytruda.
Trump prometió que los precios de los medicamentos caerían “rápida y drásticamente” gracias a los nuevos acuerdos. Antes de que terminara la ceremonia, cada ejecutivo subió al atril para decir unas palabras. Cuando fue el turno de Davis, expresó un apoyo “total” a las acciones del presidente.
“Comparto su objetivo de impulsar la asequibilidad y el acceso para los estadounidenses, pero también de aumentar los precios fuera de Estados Unidos”, dijo Davis.
El ejecutivo prometió que Merck reduciría los precios de un medicamento para la diabetes y de una píldora cardiovascular, pero no dijo nada sobre bajar el costo de Keytruda, que generó 31.700 millones de dólares en ventas en 2025 y representó casi la mitad de los ingresos de la compañía. De hecho, el gigante farmacéutico con sede en Nueva Jersey seguiría dificultando el acceso para muchos pacientes con cáncer en todo el mundo.
Una investigación del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación revela cómo una de las mayores farmacéuticas del mundo desplegó diversas tácticas para aumentar las prescripciones de pembrolizumab y mantener sus precios elevados, mediante lobby y esfuerzos para retrasar la llegada de versiones más baratas a cientos de miles de pacientes con cáncer en los próximos años.
Esto ocurre al mismo tiempo que los gobiernos de todo el mundo destinan cada vez más recursos a Keytruda, cuyos altos precios están presionando los presupuestos públicos, incluso en países ricos.
Los precios de lista (los precios oficiales antes de descuentos o negociaciones) varían ampliamente: desde unos 80.000 dólares por un año de tratamiento en Alemania hasta 208.000 dólares en Estados Unidos; 93.000 dólares en Líbano y alrededor de 130.000 en Colombia; 65.000 en Sudáfrica y 116.000 en Croacia.
El cáncer es una amenaza creciente para la salud pública, responsable de casi 1 de cada 6 muertes en el mundo. Las proyecciones muestran que los casos aumentarán especialmente en países de menores ingresos, donde Keytruda sigue siendo en gran medida inaccesible. Se prevé que el número e muertes aumente en un 75%, hasta alcanzar los 18,6 millones en 2050, mientras que el costo de algunas terapias nuevas ya supera el millón de dólares por paciente.
Vivir con un diagnóstico de cáncer —o sobrevivir a él— implica costos profundos: físicos, emocionales y financieros. Algunos pacientes están tan desesperados por acceder a Keytruda que recurren al mercado negro para conseguir el medicamento a menor precio, sin saber si se trata del fármaco original o de una versión falsificada. Otros pacientes que buscan Keytruda enfrentan obstáculos burocráticos desgarradores y terminan demandando a sus gobiernos para acceder al tratamiento; no todos sobreviven el tiempo suficiente para conocer el fallo judicial.
Los reportajes de los medios socios del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación en cinco continentes dibujan un panorama de inequidad profunda y peligrosa:
En India, las familias que buscan Keytruda dependen de una red de apoyo frágil: una cobertura de seguros deficiente, el programa de asistencia a pacientes de Merck & Co. y pagos de su propio bolsillo. En Brasil, el séptimo país más poblado del mundo, la mayoría de los pacientes con cáncer no puede costear Keytruda, y miles recurren a los tribunales para obtenerlo. En Sudáfrica, donde la gran mayoría de la población no puede pagar atención médica privada y el ingreso mensual típico de un hogar es inferior a 500 dólares, una sola dosis de Keytruda cuesta aproximadamente 10 veces más: 4.904 dólares.
En el Reino Unido, investigaciones muestran que Keytruda encabeza la lista de medicamentos por los que el Servicio Nacional de Salud (NHS) —presionado por limitaciones presupuestarias— paga de más. Para algunos pacientes con cáncer de pulmón, el NHS ha estado pagando hasta cinco veces más de lo que debería por Keytruda, según datos de costo-efectividad de la Universidad de York compartidos con el The Bureau of Investigative Journalism, socio del ICIJ en el Reino Unido. Y en Guatemala, un médico que enfrentaba el acceso limitado tuvo que elegir a dos pacientes entre muchos para recibir el medicamento.
“¿Qué me queda por hacer? Jugar a ser Dios”, dijo Julio Ramírez, jefe de la unidad de oncología del hospital público regional en Quetzaltenango, la segunda ciudad más grande de Guatemala. “El primer paciente que llega es al que le voy a dar el tratamiento, porque es lo único que puedo hacer”.
The Cancer Calculus, una investigación de un año del ICIJ y 47 medios aliados en 37 países, se basa en cientos de entrevistas con oncólogos, pacientes con cáncer y sus familias, expertos en patentes, reguladores, personas vinculadas a la industria farmacéutica y otros actores, así como en datos exclusivos de precios y análisis de patentes, además de miles de páginas de presentaciones corporativas, documentos de oficinas de patentes, demandas judiciales y registros empresariales y regulatorios.
Los socios del ICIJ también obtuvieron registros de salud pública, actas de reuniones, datos de precios y reembolsos, y otros documentos mediante al menos 1.018 solicitudes de acceso a información pública en 27 países.
La investigación examina cómo Merck —conocida como MSD fuera de Estados Unidos y Canadá— empleó tácticas agresivas, aunque legales, para aumentar sus ingresos por Keytruda y convertirlo en uno de los medicamentos más vendidos de la historia, a costa de algunos pacientes.
Entre los hallazgos del proyecto, reportamos:
- Merck y otras entidades farmacéuticas y médicas aprovecharon el sistema de patentes para construir una fortaleza alrededor de Keytruda con al menos 1.212 solicitudes de patentes en 53 países, regiones y territorios. Esta cadena de patentes adicionales podría permitir a la empresa frenar la competencia y mantener precios elevados —y miles de millones de dólares en ingresos— durante 14 años después de que expiren sus patentes originales en 2028.
- Merck ha promovido una dosis de Keytruda más alta de lo necesario, según algunos destacados investigadores en cáncer. Esa dosificación podría costarle al mundo unos 5.000 millones de dólares solo en pacientes con cáncer de pulmón hacia 2040, de acuerdo con investigadores de la Organización Mundial de la Salud.
- El gigante farmacéutico ha aprovechado atajos regulatorios del sector, ayudó a orquestar una costosa campaña global de lobby y ha operado con una marcada falta de transparencia en la fijación de precios. En Estados Unidos, ha distribuido decenas de millones de dólares en honorarios de consultoría, gastos de viaje y otros pagos relacionados con Keytruda a médicos y profesionales de la salud.
Todas estas estrategias generan ingresos para Merck, con cerca del 60% de las ventas de Keytruda concentradas en Estados Unidos.
Un análisis del ICIJ muestra que Merck ha generado aproximadamente 163.000 millones de dólares en ventas de Keytruda desde 2014, alcanzando a más de 3 millones de personas. La empresa destinó cerca de 75.000 millones de dólares en dividendos a sus accionistas y 43.000 millones a la recompra de acciones, mientras reducía sus impuestos en Estados Unidos al registrar beneficios en jurisdicciones con menor carga tributaria. En su informe anual de 2025, Merck reportó haber pagado alrededor de 1.600 millones de dólares en impuestos sobre la renta en EE. UU., frente a 4.500 millones en otros países.
Davis declinó comentar para este reportaje, pero Johanna Herrmann, vicepresidenta senior de Merck & Co., defendió las prácticas de precios de la compañía, señalando que el precio de Keytruda “refleja su valor para los pacientes y los sistemas de salud”.
“Tenemos una larga trayectoria de fijar precios de manera responsable para reflejar el valor de nuestros medicamentos para los pacientes, los financiadores y la sociedad”, escribió en una carta dirigida al Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación.
En otra carta, Herrmann reconoció que Merck enfrenta “crecientes presiones políticas y comerciales” en torno al acceso y los precios en mercados emergentes. Sin embargo, sostuvo que la empresa trabaja para garantizar que la atención médica sea “asequible, eficiente, equitativa y sostenible a escala global”.
En nuestra investigación, encontramos que la conducta de Merck es representativa de la industria farmacéutica y que la empresa no es una excepción en cuanto a sus prácticas de negocio. Sin embargo, el crecimiento extraordinario de Keytruda y el creciente interés en este medicamento podrían estar empujando los límites de lo que se considera aceptable incluso dentro de los estándares del sector.
Peter Maybarduk, director del programa de acceso a medicamentos de Public Citizen, una organización sin fines de lucro con sede en Washington, D.C., afirmó que la industria farmacéutica ha creado un sistema de reglas globales para proteger a las compañías y garantizar que los gobiernos más ricos respalden esos intereses.
“Existe toda una arquitectura que sustenta Keytruda y todos los medicamentos patentados, donde el gobierno de Estados Unidos y Europa salen en defensa de la industria y sus reglas”, dijo.
Ese sistema está atravesado por grandes interrogantes sobre cómo las prácticas de Merck y de otras grandes farmacéuticas afectan el futuro de nuestro bienestar colectivo. En la práctica, esa dinámica suele traducirse en una historia donde las ganancias se imponen sobre los pacientes. Para quienes tienen y quienes no tienen recursos en el mundo, también puede ser una historia sobre quién vive y quién muere.
Comienzos de un milagro
Rob Davis, de 59 años, creció en Franklin, Indiana, un pueblo agrícola a 20 millas al sur de Indianápolis, cerca de la sede de Eli Lilly, una de las mayores compañías farmacéuticas del mundo. Trabajó en Lilly durante 14 años mientras estudiaba sus carreras de Negocios y Derecho.
Cuando su padre, Morris, auditor, luchaba contra el cáncer, Davis acudió a una entrevista de trabajo con el entonces director ejecutivo de Merck, Ken Frazier. Al final de la reunión, Frazier lo dirigió hacia una imagen junto a la puerta.
Quería mostrarle una diapositiva de PowerPoint pegada en la pared, contó Davis en una entrevista de 2024 en la facultad de Derecho de la Universidad Northwestern. En ella se mostraban distintos tipos de tumores y su respuesta a Keytruda.
“Por esto necesitas venir a Merck”, le dijo Frazier. “Porque vamos a marcar una diferencia real”.
Davis se incorporó a Merck & Co. como director financiero en la primavera de 2014, pocos meses antes de que su padre muriera de cáncer de pulmón a los 82 años.
“Me pregunto qué habría pasado si ese medicamento hubiera estado disponible diez años antes, cuando mi padre atravesaba su enfermedad”, dijo en la entrevista.
Mientras Davis se acomodaba en su nuevo cargo, Merck se preparaba para lanzar Keytruda para tratar el melanoma, la forma más mortal de cáncer de piel. El precio estimado en Estados Unidos: unos 12.500 dólares al mes, o 150.000 dólares al año.
Cuando apareció, revolucionó el tratamiento del cáncer. Como parte de una clase de inmunoterapias conocidas como inhibidores de puntos de control inmunitario, Keytruda cambió el enfoque: en lugar de atacar directamente los tumores, potencia al sistema inmunológico para que los combata.
Hoy está aprobado en Estados Unidos para tratar 19 tipos de cáncer, incluidos los de piel, pulmón, mama y colon. Se ha convertido en una tabla de salvación para millones de personas, transformando formas avanzadas de cáncer antes terminales en enfermedades manejables y aumentando la supervivencia en otros tipos difíciles de tratar, a veces durante meses, a veces durante años.
“En todos estos años nunca he dejado de venir a dar gracias, por mi vida, por estar viva”, dijo Carolina García Corsini a un reportero del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, mientras visitaba un santuario católico en Madrid.
Experiodista y madre de tres hijos en la capital española, García tenía 37 años y cuatro meses de embarazo cuando fue diagnosticada con melanoma metastásico en febrero de 2011. Los tumores se habían extendido a su seno izquierdo. Tras conseguir un codiciado lugar en el primer ensayo clínico de Keytruda, comenzó a viajar a París cada cierto tiempo para recibir tratamiento. Catorce años después, ya en remisión, afirma: “Estoy convencida de que es un milagro”.
Experiencias como esta explican en parte por qué Merck ocupa hoy el puesto 65 en la lista Fortune 500, y por qué su negocio con Keytruda genera ingresos superiores a los de McDonald's o incluso a los de toda la National Football League.
Hoy, como director ejecutivo y presidente de Merck y líder del poderoso grupo de presión comercial PhRMA, Davis promueve los pilares clave de la agenda de la industria: que la protección de patentes y los precios elevados permiten a las farmacéuticas recuperar los miles de millones invertidos en desarrollar nuevos medicamentos y llevarlos de forma segura a los pacientes a gran escala.
Este proceso suele tomar una década o más, y una patente en Estados Unidos —que generalmente dura 20 años desde la fecha de solicitud— permite a las empresas dominar el mercado, fijar precios más altos, recuperar los costos de investigación y desarrollo y obtener ganancias para financiar futuras investigaciones.
Entre 2011 y 2023, Merck invirtió 46.000 millones de dólares en investigar, desarrollar y fabricar Keytruda, según afirmó Davis en una declaración ante el Congreso en 2024. También citó más de 2.200 ensayos clínicos —realizados por la propia empresa y otros investigadores— para estudiar el medicamento, y señaló que la compañía planea invertir otros 18.000 millones de dólares en estudios clínicos de Keytruda hasta la década de 2030.
Pero un nuevo análisis de Public Eye, una organización sin fines de lucro con sede en Suiza que promueve la rendición de cuentas corporativa, estima que los costos de investigación y desarrollo (I+D) de Keytruda ascienden a 1.900 millones de dólares —el 1% de los ingresos globales del medicamento desde su lanzamiento en 2014. Al incluir el costo de los ensayos clínicos fallidos, la estimación de I+D alcanza los 4.800 millones de dólares, es decir, el 3% de los ingresos del fármaco. Patrick Durisch, especialista en temas farmacéuticos de Public Eye, explicó que basó sus cálculos en una revisión de los ensayos clínicos de Keytruda y sus costos promedio, que representan la mayor parte de los gastos de I+D.
Las cifras de Davis son “absolutamente imposibles de verificar”, dijo Durisch al Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación. “Merck podría lanzar cualquier cifra que quiera, tan alta como sea posible para justificar el precio exorbitante”.
“La proporción de los costos de I+D en relación con el precio de un vial es muy pequeña y hace mucho tiempo que ya se recuperaron”, añadió. “El precio es, por tanto, excesivamente alto, no para cubrir los costos de investigación ni mitigar riesgos, sino para maximizar las ganancias”.
Nathan Cherny, oncólogo y director de la unidad de dolor oncológico y medicina paliativa del Shaare Zedek Medical Center, explicó que una “tormenta perfecta” llevó al alto costo de Keytruda.
Todo comenzó en 2003, cuando el Congreso de Estados Unidos aprobó una cláusula de “no interferencia” en la ley de Medicare. Esta norma impide que el gobierno negocie los precios de los nuevos medicamentos y lo obliga a aceptar los que fijan las farmacéuticas.
Sus defensores dijeron que esto fortalecía el mercado, porque dejaba la negociación en manos de aseguradoras privadas. Pero Cherny no está de acuerdo: “Fue una suspensión de las fuerzas del mercado”, dijo al ICIJ. Y su impacto se sintió en todo el mundo.
Un ‘salvaje oeste’ en el desarrollo de medicamentos
La campaña de promoción de Keytruda estaba en su segundo año cuando un hecho extraordinario generó un enorme impulso mediático. En 2015, los médicos de Jimmy Carter utilizaron Keytruda con éxito para tratar el cáncer de piel letal del exmandatario, que se había extendido a su hígado y cerebro cuando tenía 91 años. Los pacientes comenzaron a pedir “el medicamento del presidente”. Y Carter vivió hasta los 100 años.
Para el plan de negocio de Keytruda, Merck recurrió a estrategias propias del manual de la industria farmacéutica que se consolidaron en Estados Unidos y luego se expandieron a nivel internacional. Utilizó investigación financiada con fondos públicos, estrategias de precios confidenciales y atajos regulatorios que le permitieron ingresar antes al mercado y vender Keytruda a precios elevados, incluso antes de contar con evidencia clínica completa.
Merck señaló que Keytruda obtuvo 16 aprobaciones aceleradas en Estados Unidos bajo un programa regulatorio especial diseñado para agilizar el desarrollo de medicamentos para enfermedades graves o potencialmente mortales. Sin embargo, este tipo de aprobación ha generado controversia debido a la rapidez con la que los fármacos llegan al mercado, sus altos costos y, en algunos casos, la debilidad de la evidencia clínica disponible.
Por ejemplo, Merck retiró dos tratamientos con Keytruda que habían recibido aprobación acelerada de la Food and Drug Administration (FDA) porque no lograron demostrar beneficios suficientes. Aun así, la compañía insiste en que ha utilizado este programa con criterio.
Nuestra investigación también muestra cómo Merck & Co. se benefició de la designación de “medicamento huérfano”, una categoría que otorga incentivos a las empresas para desarrollar tratamientos destinados a enfermedades raras. Merck obtuvo nueve designaciones de este tipo para Keytruda.
Otra práctica de Merck que se está expandiendo a nivel global es la financiación de grupos de pacientes que abogan por la cobertura de seguros, hacen lobby ante los gobiernos y promueven aprobaciones regulatorias más rápidas. La compañía también destina importantes sumas de dinero a pagos dirigidos a médicos y otros profesionales de la salud.
Solo en Estados Unidos, según registros, Merck gastó cerca de 52 millones de dólares en pagos relacionados con Keytruda a profesionales de la salud entre 2018 y 2024, con cinco médicos que recibieron más de un millón de dólares cada uno.
Merck ha señalado que este tipo de pagos ayuda a informar a la comunidad médica sobre Keytruda, lo que a su vez mejora la atención a los pacientes. Sin embargo, un estudio realizado en Estados Unidos para la National Bureau of Economic Research encontró que la prescripción de medicamentos oncológicos administrados por médicos, como Keytruda, aumentó en un 4% en los 12 meses posteriores a que un profesional de la salud recibiera fondos de una farmacéutica. Estos pagos —que incluyen comidas, viajes, investigación, consultorías y honorarios por conferencias— derivaron en un mayor gasto en medicamentos contra el cáncer por parte de los médicos, pero sin mejoras en la supervivencia de los pacientes.
Los pagos a grupos de pacientes no fueron menos significativos. En Estados Unidos, Merck entregó decenas de millones de dólares a organizaciones de defensa de pacientes entre 2017 y 2025. En Bélgica, el periódico De Tijd reveló que una docena de grupos de pacientes y organizaciones dedicadas a la atención del cáncer recibieron alrededor de 1,8 millones de dólares de la filial belga de Merck entre 2022 y 2024.
Algunos de estos grupos también promovieron posiciones alineadas con el impulso de la compañía para ampliar el acceso de los pacientes a sus medicamentos oncológicos y obtener mayores subsidios públicos. En respuesta a las preguntas de De Tijd, varias organizaciones aseguraron que trabajan de manera independiente de las farmacéuticas y que no realizan acciones a cambio del financiamiento recibido.
Merck defendió estas prácticas. “Somos explícitos en que cualquier colaboración o financiamiento que involucre a organizaciones de pacientes es completamente independiente de las evaluaciones de tecnologías sanitarias y no puede interpretarse como un incentivo para prescribir, recomendar o evaluar un medicamento”, señaló la empresa en un comunicado al Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación.
Para 2021, científicos de alto nivel de la Food and Drug Administration ya advertían sobre el crecimiento explosivo de la inmunoterapia, dominada por Keytruda.
Richard Pazdur, entonces director de la unidad encargada de mejorar el desarrollo de fármacos contra el cáncer, y Julia A. Beaver, jefa de oncología de la agencia, escribieron en diciembre de 2021 en el New England Journal of Medicine que “el crecimiento acelerado de los inhibidores de puntos de control ha dado lugar a un ‘salvaje oeste’ en el desarrollo de medicamentos, sin reglas claras, con una avalancha de patrocinadores comerciales, ensayos clínicos y planes de desarrollo redundantes”.
Ambos criticaron un mercado cada vez más saturado y frenético que, en su opinión, ha generado un exceso de ensayos clínicos, tratamientos duplicados, uso ineficiente de recursos y demasiadas pruebas diagnósticas para seleccionar a los pacientes.
La inmunoterapia, aunque ofrece resultados que pueden cambiar la vida —e incluso parecer milagrosos— para un pequeño grupo de pacientes con cáncer, no ha ayudado a muchos otros, y algunos han denunciado que los médicos minimizaron los riesgos.
Las ventas de Keytruda se dispararon a nivel global. Entre 2020 y 2024, según datos exclusivos compartidos con el IQVIA Institute for Human Data Science, hubo un aumento del 232% en Francia, alcanzando los 2.800 millones de dólares; del 265% en Brasil, hasta 753,7 millones; del 491% en México, hasta 137,3 millones; y del 584% en Turquía, hasta casi 100 millones.
Este nuevo escenario planteó preguntas clave para oncólogos y aseguradoras: ¿qué tratamientos funcionan para qué pacientes? ¿Cuáles son las dosis adecuadas, la frecuencia y la duración del tratamiento? ¿Y cómo evaluar el valor de todas estas nuevas terapias?
Wolf-Dieter Ludwig, oncólogo que presidió durante 18 años la comisión de medicamentos de la Asociación Médica Alemana, citó a Keytruda como ejemplo de “dónde se está gastando demasiado dinero en nuestro sistema de salud”.
El fármaco ha marcado una diferencia en algunos tipos de cáncer, dijo a los socios del ICIJ en Paper Trail Media, pero rara vez conduce a una cura y su alto precio no está justificado. Las farmacéuticas suelen presentar estos tratamientos como un “cambio de juego” (game changer), añadió Ludwig, pero en el fondo se trata de una cosa: marketing.
Precios extremos, opacidad extrema
El rápido crecimiento de los ingresos de Keytruda se debe más al aumento en el número de pacientes tratados y recetas emitidas que a un incremento de precios, según un análisis realizado para el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación.
El gasto farmacéutico, impulsado por medicamentos como Keytruda, alcanzó niveles récord en la década de 2020. Merck & Co. sostiene que fija precios diferenciados entre mercados —e incluso dentro de ellos— para garantizar que sus productos lleguen al mayor número posible de pacientes.
Sin embargo, a medida que la crisis global por el alza de precios de los medicamentos se intensificaba, el CEO de Merck expresó preocupación por las dificultades financieras de los pacientes con cáncer. Y esas dificultades han sido numerosas. Desde que Keytruda salió al mercado en 2014, el ICIJ identificó 632 casos en los que pacientes de 51 países recurrieron a plataformas de financiamiento colectivo como GoFundMe para reunir dinero y costear el tratamiento.
“Necesitamos concentrar esfuerzos en reducir los gastos de bolsillo”, dijo Rob Davis a inversionistas en una conferencia de salud en 2021. “Ese es el punto central”.
La investigación del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación encontró que los precios de lista de Merck & Co. —es decir, los precios iniciales sin descuentos— varían enormemente entre países: desde unos 850 dólares por un vial de 100 mg en Indonesia hasta 6.015 por el mismo frasco en Estados Unidos.
Estas diferencias se explican por descuentos y reembolsos confidenciales, así como por la forma en que cada sistema de salud fija el precio de los medicamentos. En Estados Unidos, por ejemplo, no existe un tope para la mayoría de los fármacos recetados y las farmacéuticas fijan los precios en gran medida por su cuenta. En muchos otros países, en cambio, los gobiernos negocian con las compañías para establecerlos.
Una característica común atraviesa todos estos sistemas: la opacidad. Al menos media docena de autoridades en distintos países se negaron a revelar al ICIJ y a sus socios datos sobre el gasto público en Keytruda o el número de pacientes que lo reciben. Alegaron diversas razones; entre ellas, que se trata de “secretos comerciales”, ya sea por decisión propia o de la empresa.
A pesar de esta opacidad extrema, el ICIJ obtuvo y comparó los precios de lista de Keytruda y los precios máximos de venta del medicamento en 31 países. El análisis reveló grandes diferencias en la asequibilidad, siendo Keytruda comparativamente menos accesible en países más pobres. En Sudáfrica, por ejemplo, el precio de lista (sin impuestos ni tarifas) es de aproximadamente 3.800 dólares por una dosis de 200 mg —un tercio del precio en Estados Unidos—. Aun así, resulta mucho menos accesible en Sudáfrica: una persona con ingresos medios no puede comprar ni una sola dosis en un año, mientras que en Estados Unidos un paciente con ingresos medios podría costear menos de cinco dosis.
Al mismo tiempo, según el análisis del ICIJ, los estadounidenses con ingresos medios pueden pagar menos Keytruda que personas con ingresos medios en algunos países europeos más ricos, como Francia y Bélgica. En países de Europa del Este con menores ingresos, como Bulgaria y Hungría, Keytruda suele ser menos asequible que en la Europa occidental más próspera.
Y en México y varios otros países de América Latina, los precios de lista de Keytruda tienden a ser más altos —ajustados al nivel económico— que en países más ricos, según la investigación del ICIJ.
En Guatemala, Alberto Xum pensó, como muchos pacientes con cáncer en América Latina, que tendría que renunciar por completo al tratamiento. Un año de suministro de viales de Keytruda cuesta 180.000 dólares o más en este país centroamericano, y Xum, un artesano de 65 años sin seguro, vende recuerdos de cuero en una región donde el ingreso mensual promedio de un hogar ronda los 700 dólares. Diagnosticado con cáncer renal metastásico en 2022, Xum le dijo a su oncólogo, Julio Ramírez, que estaba listo para abandonar el tratamiento después de que le recetaran pastillas que costaban 1.900 dólares cada tres meses. Xum solo pudo pagarlas una vez.
“Le dije al médico que no podía pagarlo”, contó. “Estaba poniendo mi vida en manos de Dios”.
Pero, para gran fortuna de Xum, Ramírez estaba a punto de recibir autorización del Ministerio de Salud para uno de los primeros tratamientos con Keytruda en su hospital. Xum fue el elegido. Durante los siguientes dos años, cada tres semanas, viajaba en bus durante dos horas y media desde su pueblo rural, Samayac, hasta el hospital público de Quetzaltenango para recibir la infusión de 11.000 dólares, cubierta por el gobierno.
“A veces me pregunto: ‘¿Quién soy yo para merecer tanta suerte?’”, dijo Xum al Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación. Sus tumores se habían reducido, pero no estaba en remisión.
Ahora, un nuevo estudio respalda los hallazgos del ICIJ y plantea nuevas preocupaciones sobre la asequibilidad y el acceso a Keytruda. El tratamiento de seis meses para cáncer de cabeza y cuello cuesta casi 80 veces el ingreso mensual promedio en India y 43 veces el promedio en Pakistán. Incluso en países ricos, el costo sigue siendo catastrófico: casi seis veces el ingreso mensual promedio en Estados Unidos y nueve veces en el Reino Unido, según el estudio publicado en febrero en una revista especializada en oncología.
En resumen, los investigadores encontraron que seis meses de tratamiento con Keytruda cuestan entre 7.676 dólares en Bangladesh y 38.254 dólares en Australia, y concluyeron: “Las inmunoterapias modernas siguen siendo económicamente inaccesibles en la mayoría de contextos”.
El ICIJ encontró que los costos del tratamiento con Keytruda para los pacientes son particularmente caóticos en Estados Unidos. Datos recopilados por Serif Health, una firma de San Francisco que analiza información sobre reembolsos en salud, muestran que los costos para pacientes y aseguradoras varían drásticamente. En todo el país, los costos estimados oscilan entre 5.858 y 43.800 dólares para un tratamiento típico de 200 mg de Keytruda, dependiendo del lugar donde se administre el medicamento, la aseguradora privada involucrada y la forma en que se facture.
Para Barbara Thornton, una asistente de salud domiciliaria de 64 años en Cincinnati, Ohio, que recientemente superó un cáncer de páncreas, el tratamiento con Keytruda en el área ambulatoria de un hospital cercano costaba muy por encima del precio de lista.
Cada sesión implicaba una factura de unos 42.000 dólares, contó Thornton a los socios del ICIJ en USA Today. Una combinación del seguro de su esposo, la asistencia financiera del hospital y Medicaid cubrió la mayor parte de esos costos.
“Tuve suerte. Tenía seguro”, dijo Thornton. “No vivimos con lujos, por eso calificamos para recibir ayuda financiera”.
Thornton recibió Keytruda por vía intravenosa durante 27 meses. Cuando terminó su tratamiento, el pasado diciembre hizo sonar la campana en su centro médico, marcando ese hito y su transición a sobreviviente de cáncer.
El Health Care Cost Institute, una entidad sin fines de lucro que analiza reclamaciones de seguros financiados por empleadores en Estados Unidos, también revisó datos sobre el costo del tratamiento con Keytruda para el ICIJ, correspondientes al periodo 2018–2022. El hallazgo es contundente: en 2022, estos seguros pagaron 3.790 millones de dólares por Keytruda para solo 30.997 pacientes —unos 122.400 dólares por persona. Ese mismo año, el costo podía casi duplicarse cuando el medicamento se administraba en el área ambulatoria de un hospital, en lugar de en el consultorio de un médico.
“Ya sea la administración del medicamento, las pruebas de laboratorio o las imágenes, la atención suele ser la misma. Pero, como vimos con Keytruda, el precio depende del lugar donde recibes el tratamiento”, explicó John Hargraves, director de estrategia y análisis de datos del instituto. Añadió que gastar casi 3.800 millones de dólares en menos de 31.000 pacientes evidencia lo costosas que se han vuelto estas terapias y cuánto pueden disparar el gasto en los seguros financiados por empleadores.
“Aunque no es inusual que medicamentos especializados como Keytruda tengan costos muy altos por paciente, la magnitud del gasto es notable y plantea preguntas clave sobre su asequibilidad, tanto para empleadores como para pacientes”, dijo Hargraves.
En un comunicado, Julie Cunningham, portavoz de Merck & Co., atribuyó los altos precios en Estados Unidos a los gestores de beneficios farmacéuticos y a las aseguradoras de salud, actores intermedios que extraen reembolsos y comisiones, elevando los costos para los pacientes.
“Centrarse únicamente en los medicamentos recetados no aborda los factores mucho más grandes que contribuyen al aumento del gasto en salud en Estados Unidos”, dijo Cunningham. “Estados Unidos es el único país del mundo donde entidades que no fabrican medicamentos se quedan con la mitad de cada dólar gastado en medicamentos de marca”.
Por su parte, Herrmann, de Merck, afirmó que el 59% de los pacientes en Estados Unidos con seguro privado no pagó costos de bolsillo por Keytruda. Entre aquellos que sí tuvieron gastos directos, alrededor del 80% pagó entre 1 centavo y 375 dólares por infusión, después de cumplir con su deducible.
“De manera habitual ofrecemos cupones y otras ayudas para copagos en nuestros productos, incluido Keytruda, para reducir los costos de bolsillo”, dijo Herrmann, y añadió que el valor de esta asistencia alcanzó aproximadamente 125 millones de dólares el año pasado.
Sin embargo, incluso estando asegurados, los pacientes pueden enfrentar dificultades para cubrir miles de dólares en costos iniciales, incluidos deducibles elevados antes de que la cobertura entre en vigencia.
Aunque la compañía no desglosa públicamente cuánto destina específicamente a la asistencia para pacientes en el caso de Keytruda, Herrmann señaló que Merck & Co. proporcionó 1.700 millones de dólares en medicamentos gratuitos en Estados Unidos en 2024 —cubriendo todos los productos elegibles de Merck— a pacientes sin seguro o con cobertura insuficiente.
Para Nasır Nesanır, presidente de la rama de salud pública de la Turkish Medical Association, estas desigualdades plantean interrogantes más amplios que van más allá del sistema sanitario.
“¿Debe la innovación médica considerarse un bien común de la humanidad?”, preguntó Nesanır en una entrevista con DW Türkçe, socio del ICIJ en Turquía. “¿O debe seguir siendo un activo comercial protegido por patentes que profundiza la desigualdad global?”
Dicho de otro modo: ¿el sistema está diseñado para salvar vidas en primer lugar o para generar ganancias? ¿Y quién queda fuera como consecuencia de esa elección? Las respuestas no se limitan a la salud, sino que forman parte de un debate más amplio sobre si los descubrimientos que salvan vidas pertenecen a todos.
“Qué devastador es para ellos”
En Mumbai, la ciudad más rica de India, donde más de la mitad de la población vive en barrios marginales o en pobreza extrema, 101 pacientes y sus familias esperan en el pasillo de la clínica oncológica del Hospital Nair para ser atendidos por Amol Akhade, un oncólogo destacado.
Akhade ve a India encaminándose a convertirse en la “capital mundial del cáncer”, impulsada por el aumento acelerado de casos asociado al consumo de tabaco y una mala alimentación. Y hay otro problema: un mes de tratamiento con Keytruda puede equivaler a más de un año de salario, según una encuesta.
“De los 100 pacientes que ves afuera de esta sala en este momento, cerca de 70 con tumores sólidos podrían haberse beneficiado de Keytruda. Pero ni siquiera podemos plantearles esta opción, porque simplemente no es viable para ellos”, dijo a un reportero de The Indian Express —socio del ICIJ— mientras señalaba el pasillo abarrotado.
“Son trabajadores que viven al día”, explicó al Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación. “Están preocupados por cómo conseguirán su próxima comida”.
El gobierno indio proporciona quimioterapia gratuita a los pacientes. Otros reciben ayuda a través de los programas de asistencia de Merck. En India, el programa se llama Kiran, un nombre derivado del sánscrito que significa “rayo de luz”, y permite a los pacientes comprar cinco viales y recibir hasta 30 gratuitos, según reportó The Indian Express.
Merck afirma que Kiran ha facilitado el acceso a Keytruda a más de 68.000 pacientes en 11 mercados de Asia-Pacífico y que está comprometida a ampliar este alcance.
“La empresa está haciendo su parte para que el medicamento sea más accesible”, dijo Akhade. “No es que no estén haciendo nada. Pero sigue siendo muy difícil para la mayoría de los pacientes. Pueden hacer más. Definitivamente pueden hacer más”.
Un destacado oncólogo del Tata Memorial Hospital, ubicado a menos de cinco kilómetros del Hospital Nair, coincide.
“Es desgarrador y desalentador para nosotros”, dijo Kumar Prabhash al Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación. “Y ahora pensemos desde el punto de vista del paciente: qué devastador es para ellos”.
Prabhash, profesor y jefe de la unidad de oncología del hospital, junto con colegas en Mumbai y Delhi, está trabajando en formas más costo-efectivas de ampliar el acceso. Aunque Merck & Co. recomienda una dosis de 200 mg de Keytruda cada tres semanas, médicos en hospitales indios están probando inmunoterapias de dosis reducida.
En un ensayo clínico, pacientes con cáncer de mama recibieron tres dosis de Keytruda de 50 mg cada seis semanas, junto con quimioterapia. En otros estudios, los pacientes recibieron dosis bajas o ajustadas al peso: 2 mg por kilogramo cada tres semanas o 1 mg por kilogramo cada seis semanas.
Hasta ahora, los resultados indican que dosis más bajas de Keytruda son efectivas para algunos tipos de tratamiento. Hospitales en Singapur, Malasia y Taiwán han llegado a conclusiones similares en sus propios estudios, y varios países —incluidos Países Bajos, Canadá e Israel— han comenzado a adoptar esquemas de dosificación basados en el peso.
"El sistema de salud simplemente no puede costear todos estos medicamentos."
El oncólogo Daniel Goldstein
El ahorro puede ser enorme. Tras años de estudiar los costos y beneficios de los medicamentos contra el cáncer, Daniel Goldstein, oncólogo británico con formación en Estados Unidos que actualmente ejerce en Israel, llegó a esta conclusión en 2017: la dosificación fija de Keytruda le cuesta al sistema de salud estadounidense 825 millones de dólares adicionales al año.
“El sistema de salud simplemente no puede permitirse todos estos medicamentos”, dijo Goldstein, director del Centro de Economía del Cáncer del Centro Médico Rabin (Centro Oncológico Davidoff). “Y en todos los países del mundo hay presión”.
Investigadores de la Organización Mundial de la Salud estimaron en una proyección separada que el mundo podría ahorrar 5.000 millones de dólares en 15 años si los pacientes con cáncer de pulmón recibieran Keytruda en función de su peso en lugar de dosis fijas. Y este método generaría aún mayores ahorros si se aplicara a todos los pacientes con cáncer elegibles.
Merck & Co. señaló que basa sus esquemas de dosificación en la evidencia clínica detallada en la sección de dosis recomendadas aprobadas por la Food and Drug Administration dentro de la información de prescripción de Keytruda.
Pero la cruzada de Daniel Goldstein cobró impulso y traspasó fronteras. Bishal Gyawali, oncólogo e investigador de políticas de medicamentos en Canadá, dijo a los socios del ICIJ en el Toronto Star que existe una razón clave por la que Merck probablemente administra la misma dosis a todos los pacientes: el dinero.
“Pueden vender más del medicamento”, afirmó. “Y ganarán más dinero. … No hay ninguna razón científica, médica o biológica para hacerlo. Es puramente una motivación comercial”.
“Una potencial bomba de tiempo”
Con la intención de proteger y cuidar su gallina de los huevos de oro, Merck se mantuvo enfocada en la principal herramienta que conoce para sostener precios elevados: el sistema global de patentes.
Las patentes principales de Keytruda estaban previstas para expirar en 2028, y los inversionistas se preguntaban cómo la empresa generaría ingresos una vez que el medicamento perdiera su monopolio protegido. Esa pérdida de exclusividad abriría la puerta a competidores con precios mucho más bajos, lo que podría provocar una caída catastrófica en los ingresos: un “precipicio de patentes” de 35.000 millones de dólares.
Para evitarlo, Merck desplegó a su ejército de abogados. Tahir Amin, fundador de la Initiative for Medicines, Access and Knowledge, una organización sin fines de lucro que analiza las desigualdades en el desarrollo de medicamentos, calificó la estrategia de Merck como un “esquema de abuso de patentes de múltiples frentes” destinado a prolongar su monopolio y mantener precios altos.
Merck sostiene que I-MAK y “organizaciones similares” difunden el mito de que las farmacéuticas “manipulan el sistema de patentes” mediante la presentación de múltiples patentes superpuestas para retrasar indebidamente la entrada de medicamentos genéricos o biosimilares. La empresa también afirmó que los informes de I-MAK contienen errores graves en la catalogación y descripción de sus prácticas de patentes, acusación que la organización rechaza.
Cuando el ICIJ analizó el panorama de patentes de Keytruda, encontró 1.212 solicitudes de patentes relacionadas con el medicamento, presentadas por Merck y otras entidades farmacéuticas, médicas y de investigación en cáncer.
Estas solicitudes abarcan 53 países, regiones y territorios, incluyendo 194 en Estados Unidos, 123 en Japón, 87 en Australia, 80 en China y 74 tanto en Corea del Sur como en Canadá.
Este “muro de patentes” ha permitido a Merck aplicar estrategias comunes en la industria para mantener precios elevados mediante nuevas patentes más allá de 2028. El ICIJ identificó 211 patentes concedidas que protegen el dominio de Keytruda al menos hasta 2042, es decir, 14 años después de la expiración de sus patentes originales en Estados Unidos. Además, se identificaron al menos otras 337 patentes “pendientes” que, de ser aprobadas, podrían extender aún más la vigencia del medicamento en el mercado.
El 84% de todas estas solicitudes de patentes se presentaron después de la aprobación de Keytruda en 2014.
“Cada solicitud de patente es una potencial bomba de tiempo” que podría generar un desafío legal costoso y prolongado para los competidores que buscan ofrecer versiones más baratas, dijo Tahir Amin al ICIJ. “El objetivo es bombardear al competidor con la mayor cantidad posible de patentes para disuadirlo, encarecer al máximo su entrada al mercado o lograr que, ante la cantidad de litigios que tendría que enfrentar, termine en un acuerdo” que podría implicar retrasar el lanzamiento.
Pero Merck & Co. sostiene que sus patentes posteriores a 2014 corresponden a descubrimientos genuinamente nuevos.
“Seguimos evaluando Keytruda con la esperanza de ampliar su uso a otras formas de cáncer y aumentar el acceso al tratamiento”, afirmó Herrmann en una carta. “Esto incluye innovaciones en formulación, dosificación y nuevos usos, incluidas combinaciones con otros agentes. Como es de esperar, cuando corresponde, Merck protege su innovación mediante la presentación de solicitudes de patente”.
La estrategia de Merck para reforzar su dominio también incluye registrar patentes que combinan Keytruda con otros medicamentos. Por ejemplo, el ICIJ identificó 29 solicitudes de patente presentadas conjuntamente en todo el mundo por Merck y la empresa japonesa Eisai relacionadas con la terapia combinada de Keytruda con el fármaco contra el cáncer Lenvima.
Sin embargo, según Amin, este tipo de combinaciones no es nuevo.
“¿Por qué Merck no está explorando nuevas combinaciones terapéuticas realmente inéditas?”, cuestionó. “¿Cuál es el sentido de dedicar tiempo y dinero a combinaciones terapéuticas que ya existen?”
Merck & Co. implementó otra estrategia de patentes común en la industria farmacéutica. Presentó nuevas patentes para lo que se conoce como un “product hop”: trasladar a los pacientes hacia una versión similar pero más nueva del mismo medicamento, lo que reinicia el reloj de la patente y extiende por más años la exclusividad.
Merck busca trasladar hasta el 40% de sus pacientes a una versión inyectable de Keytruda administrada bajo la piel, en lugar de la infusión intravenosa, antes de que competidores más baratos logren posicionarse en el mercado. Según tres expertos de la industria, esta estrategia podría permitir a la compañía generar miles de millones de dólares y retrasar la competencia hasta la década de 2030.
Merck también adoptó una nueva táctica de precios en América Latina en 2024, cuando una empresa argentina intentó sacudir el mercado con una versión local y más económica de Keytruda llamada PembroX.
Merck no tenía una patente vigente en Argentina, donde existe una economía inestable y un entorno adverso para las farmacéuticas extranjeras. La compañía con sede en Nueva Jersey operaba sola en ese mercado y aumentaba constantemente los precios, según Gustavo Pelizzari, director ejecutivo de la empresa competidora Elea, en declaraciones a los socios argentinos del ICIJ.
PembroX salió al mercado en enero de 2025. El día anterior a su lanzamiento, Merck redujo repentinamente el precio de Keytruda en un 50%, situándolo apenas por encima del precio del competidor, explicó Pelizzari. Y el precio de Keytruda siguió bajando.
La competencia ha permitido un mayor acceso y asequibilidad, señaló Pelizzari, con miles de pacientes adicionales recibiendo tratamiento. Esto lo llevó a reflexionar sobre el precio de Keytruda y su impacto financiero en Estados Unidos.
“Estoy convencido de que lo venden mucho más barato en Argentina que en Estados Unidos”, dijo. “Deben estar causando un daño significativo al gobierno estadounidense. Es decir, ellos, Merck”, añadió, “deberían verse obligados a vender al precio de Argentina. Por eso no hacen públicos los precios”.
Explosión de precios
Rob Davis, de Merck & Co., recibió una ola de odio en redes sociales después de expresar condolencias y tristeza por Brian Thompson, director ejecutivo de UnitedHealthcare, quien fue asesinado a tiros frente a un hotel en Midtown, Manhattan, en diciembre de 2024.
Además del impacto y la condena, el asesinato ocurrido a primera hora de la mañana desató también celebraciones generalizadas y declaraciones de “justicia” por parte de pacientes de todo el mundo que habían sufrido rechazos de cobertura por parte de aseguradoras.
“¿Entristecido?”, escribió un paciente con cáncer en la cuenta de LinkedIn de Davis. “¿Su tristeza se extiende a los pacientes y familias que han perdido sus vidas o sus medios de subsistencia debido a decisiones y políticas que priorizan las ganancias de los seguros por encima de la salud?”
Ante ese inquietante respaldo al asesinato en los días posteriores, cualquier director ejecutivo del sector salud podría sentirse con derecho a experimentar ansiedad. Pero Davis enfrentaba presiones adicionales: aunque la expiración de la patente de Keytruda aún estaba a cuatro años de distancia, los inversionistas ya se preparaban para el impacto.
Con el nuevo presidente de Estados Unidos prometiendo reducir los precios de los medicamentos durante su campaña, ¿qué significaría eso para Merck y para Keytruda?
“Hay muchas preocupaciones sobre Keytruda”, dijo Tim Anderson durante una llamada de resultados en abril de 2025. Anderson, entonces analista bursátil de Bank of America, estaba inquieto por la caída en las acciones de Merck. Añadió que ya había planteado estas preocupaciones el trimestre anterior. Ahora, le preguntó a Davis: “Quisiera saber en qué punto estás respecto a ese análisis, mientras la acción sigue cayendo gradualmente”.
Merck se mostró confiada, respondió Davis, respecto a sus ingresos futuros. “Tenemos más de 20 nuevos productos que veremos llegar en los próximos años”, dijo, “casi todos con potencial de convertirse en éxitos de ventas”.
Merck & Co. pagó 16 millones de dólares en 2024 a PhRMA para que hiciera lobby en su nombre, y Davis, siguiendo los pasos de su predecesor, se convirtió en presidente del directorio del grupo en febrero. PhRMA pidió explícitamente a funcionarios estadounidenses que apuntaran contra las políticas farmacéuticas europeas y tomaran medidas contra los países que intentan controlar los precios de Keytruda y otros medicamentos de marca.
Entre los países señalados se encontraban Australia, Canadá, Dinamarca, Francia, Alemania, Grecia, Italia, Japón, Corea del Sur, España, Suiza y el Reino Unido.
En una conferencia en París en febrero, el viceprimer ministro y ministro de Salud de Bélgica, Frank Vandenbroucke, describió la “presión” para aumentar los precios.
“La administración Trump está dispuesta a utilizar la coerción comercial para obligar a los gobiernos europeos a cambiar sus políticas de precios”, dijo Vandenbroucke. Citó la afirmación de Trump en enero de que había presionado al presidente Emmanuel Macron para subir los precios de los medicamentos en Francia, amenazando con imponer aranceles del 100% al champán.
Tras meses de presión desde la Casa Blanca, Davis se unió a ejecutivos de 15 compañías farmacéuticas para respaldar acuerdos con Trump con el objetivo de vender medicamentos a menor precio en Estados Unidos. Davis y Trump se dieron la mano, y el presidente prometió reducir los precios al nivel de los que se pagan en otros países ricos.
Ni la administración Trump ni los fabricantes revelaron los detalles de estos acuerdos. Merck no indicó si Trump había excluido a Keytruda de estas medidas, pero investigadores en políticas de salud y fuentes gubernamentales señalaron que no está claro que el precio de Keytruda vaya a bajar en Estados Unidos en el corto plazo.
En cambio, los precios podrían aumentar en otros lugares, como ya ha ocurrido en el Reino Unido o podría suceder en Alemania, donde una fuente del sector advierte de “explosiones de precios”.
Y, como advirtió Peter Maybarduk, defensor de los consumidores, “en los países pobres, todo lo que podrían lograr los planes de Trump es más sufrimiento y más muertes”.
Promesas y recetas
En febrero, Donald Trump utilizó su discurso sobre el Estado de la Unión para dar un mensaje optimista sobre la desaceleración de la economía estadounidense.
“Nuestro país está ganando otra vez”, dijo. “De hecho, estamos ganando tanto que realmente no sabemos qué hacer con ello”.
“He llevado los medicamentos recetados, una parte muy importante del sistema de salud, del precio más alto del mundo al más bajo”, afirmó Trump. “El resultado son diferencias de precios del 300%, 400%, 500%, 600% y más” —afirmaciones para las que su administración no ha presentado evidencia.
No hubo ninguna mención a Keytruda. De hecho, Trump dedicó apenas cinco minutos de un discurso de 1 hora y 47 minutos —el más largo en la historia del Estado de la Unión— a hablar sobre los costos de la atención médica. Pasó más tiempo celebrando al equipo masculino de hockey de Estados Unidos.
A casi 3.000 millas de distancia, en Guatemala, el contraste con las grandes promesas de Trump sobre una atención médica asequible se sentía como en otro mundo.
Al amanecer de un viernes frío de febrero, Julio Ramírez, el oncólogo que trató a Alberto Xum, caminaba por la pequeña sala de espera de la unidad oncológica de su hospital público, saludando a todos mientras se dirigía a su oficina, donde atiende a unos 40 pacientes por semana.
Ramírez mostró a un reportero del ICIJ listas escritas a mano con los medicamentos que necesita para sus pacientes. Sabía que no podría conseguirlos todos debido a las limitaciones presupuestarias.
“No me estoy quejando. Al menos aquí en el hospital tengo la oportunidad de dar [Keytruda] a dos o tres pacientes, algo que antes no era posible. Mi sueño sería poder dar a todos mis pacientes lo que necesitan, sin tener que estar jugando al tin marín para decidir a quién sí y a quién no”, dijo.
Era hora de que el médico comenzara a atender a los pacientes del día. Un hombre bajo, de mediana edad, con mascarilla y gorro de lana, se acercó en silencio a la oficina, sosteniendo los resultados de sus últimos exámenes. Ramírez le estrechó la mano y luego pasó a lo esencial: lo que podía —y lo que no podía— hacer por él.
Nota del editor: Algunos financiadores del ICIJ promueven reformas en la industria farmacéutica para hacerla más transparente y lograr que sus productos sean más asequibles y accesibles para los pacientes. Los financiadores no participan en las decisiones editoriales del ICIJ.
Colaboradores: Andrés Bermúdez Liévano, Iván Ruiz (CLIP); Hala Nasreddine (DARAJ); Lars Bové (De Tijd); Zsuzsanna Wirth, Zita Szopko (direkt36); Pelin Ünker (DW Türkçe); Sergio Silva Numa (El Espectador); Carlos Carabaña, Daniele Grasso (El País); Gaby de Groot, Thieu Vaessen (Het Financieele Dagblad); Mariel Fitz Patrick (Infobae); Shauna Bowers (Irish Times); Jiyoon Kim (KCIJ-Newstapa); Kristof Clerix (Knack); Gloria Riva, Leo Sisti (L’Espresso); Francisca Skoknic (LaBot); Hugo Alconada Mon (La Nación); Natasha Cambronero (La Nación); Anne-Sophie Leurquin (Le Soir); Yiswaree Palansamy (Malaysiakini); Jacob Borg (Malta Times); Dejan Milovac (MANS); Maria Christoph, Sophia Stahl (Paper Trail Media); Jody García (Plaza Pública); Guilherme Waltenberg (Poder360); Stefan Melichar (profil); Despina Papageorgiou (Reporters United); Violeta Santiago (Quinto Elemento Lab); Fabiola Torres (Salud con lupa); Fiona Walker, Andjela Milivojevic (The Bureau of Investigative Journalism); Nayonika Bose, Anonna Dutt, Kaunain Sheriff (The Indian Express); Amy Dempsey, Jesse McLean, Megan Ogilvie (Toronto Star); Jacob Borg (Times of Malta); Dirk Waterval, Martijn Roessingh (Trouw); Austin Fast (USA Today); Kirsi Karppinen, Minna Knus-Galán (Yle); Denise Ajiri, Agustin Armendariz, Jelena Cosic, Isabella Cota, Jesús Escudero, Miguel Fiandor Gutiérrez, Karrie Kehoe, Micah Reddy, Delphine Reuter, Joanna Robin, David Rowell, Richard H.P. Sia, Dean Starkman, Fergus Shiel, Annys Shin, Angie Wu (ICIJ).